Al día siguiente, los analistas subrayan que el debate trató sobre todo de política nacional y se perdió una oportunidad para hablar sobre Europa. No es que esté en completo desacuerdo con dicha afirmación pero sí que me hace pensar en cómo los medios de comunicación piensan en Europa. Los medios de comunicación contribuyen a conformar una opinión pública nacional y poco hacen por crear una esfera europea. Son muy pocos los temas de la agenda europea que ocupan las portadas de los periódicos. El paro, la corrupción, la ley del aborto son siempre presentados en una perspectiva nacional y, salvo para utilizar el dato a favor, no se conciben como parte de un programa europeo.

Cabe preguntarse si hay otra forma. Los votantes no se mueven por un impulso puramente racional -en el caso europeo casi ni se mueven- para justificar su preferencia electoral. Muchas de las pasiones que animan al electorado son de ámbito nacional y una prolongación del espacio electoral nacional. Apenas hay una conciencia de la izquierda o la derecha que vaya más allá de los límites del Estado-nación.
Es una pena. Estamos ante una buena oportunidad para plantear la elección entre dos modelos: el social y el de libre mercado. El formato del debate de ayer es un síntoma de que no se avanzará en esta dirección: los turnos perfectamente medidos; una moderadora interesada en señalar los tiempos y no profundizar en los temas; y la presencia de sólo dos candidatos.
Habría una alternativa: abrir el debate a más candidatos (de derecha, centro e izquierda, de pueblos o de regiones) para que la lógica de descalificación al adversario cuente con un mínimo de argumentación, la fijación de una serie de temas europeos (no es que no existan) y un papel activo del presentador o presentadora para conducir el desarrollo temático. En el próximo debate, el PSOE y el PP no enviarán a sus cabezas de lista. Es un cálculo electoral, aunque la calidad deliberativa caiga y se encuentre próxima al índice de audiencia y al de participación.
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