En estas fechas previas a la presentación de los Presupuestos Generales del Estado, hemos escuchado decir a la vicepresidenta María Teresa Fernández de la Vega: los presupuestos "reforzarán la cohesión social" porque son "realistas, rigurosos, equitativos" y han sido elaborados "pensando en los más perjudicados" por la crisis económica. Y a Rodríguez Zapatero: "La cohesión social, la estabilidad social y la paz social son fruto de una acción política, de un compromiso y de una sensibilidad que hemos llevado desde el primer momento de la crisis y que, por supuesto, vamos a garantizar hasta que volvamos a tener un periodo de recuperación".
Me han llamado la atención las alusiones a la cohesión social y la incorporación de dicha idea al discurso del PSOE. Hace un par de semanas participé precisamente en el congreo Las políticas de la cohesión social en Copenhague. Hace tiempo que la cohesión social dejó su componente socioeconómico y derivó hacia cuestiones identitarias. La cohesión social abandonó el sentido de inclusión de los más necesitados para reducir las diferencias entre clases sociales y se centró en mantener la cohesión nacional debido a los retos derivados de la llegada de inmigrantes. Así pues, la derecha se ha apropiado de la idea de cohesión social y la ha llevado al terreno de la unidad cultural. En España, el Partido Popular ha realizado un discurso similar aplicado a la cohesión territorial y en defensa de la unidad de España -la desigualdad no se produciría así entre las clases sociales y sus rentas, sino entre las Comunidades Autónomas y sus ventajas fiscales.
La vuelta de la cohesión social a las políticas redistributivas es positivo, aunque se deba a que la crisis económica ha evidenciado las desigualdades económicas y el fuerte impacto sobre las clases medias y bajas. El único problema es que resulta muy difícil ver en qué medida la subida de impuestos anunciada (la subida del IVA, el endurecimiento de la fiscalidad de las rentas de ahorro y el rechazo a modificar la tributación de las Sicav -las sociedades de inversión de los grandes patrimonios) incrementa la cohesión social. Estamos, más bien, ante una manera de incrementar los ingresos del Estado para reducir el gasto público que poco tiene que ver con las políticas sociales.
domingo, 27 de septiembre de 2009
martes, 15 de septiembre de 2009
Elecciones en Noruega
Hace un par de semanas las encuestas apuntaban hacia una posible victoria de la derecha en Noruega y una derrota, por tanto, del gobierno de coalición entre socialdemócratas y ecologistas. La semana pasada coincidí con una colega noruega y le pregunté cómo veía la probable llegada al poder de los liberales-conservadores y la extrema derecha. Su respuesta me sorprendió positivamente: "La cosa está muy igualada. Yo creo que el gobierno actual va a salir reelegido".
Así ha sido. El primer ministro Jens Stoltenberg ha salido victorioso de nuevo, avalado por su gestión: la crisis apenas ha afectado a Noruega y la tasa de desempleo es la más baja de Europa. En principio, es suficientemente llamativo que sea la primera vez en los últimos 16 años que un primer ministro resulta reelegido. Pero lo realmente destacable es que el gobierno noruego sigue siendo el único gobierno nórdico de izquierdas -en Dinamarca, Suecia y Finlandia gobiernan los liberal-conservadores.
El caso noruego es bastante curioso. Para arrebatar el poder al gobierno liberal-conservador, el partido socialdemócrata y el partido verde -en realidad, un partido similar a Izquierda Unida en España- deciden, con un gran apoyo social, presentar una alternativa conjunta. El partido socialdemócrata renunció al lenguaje socioliberal y recuperó los valores socialdemócratas clásicos. Los electores han mostrado su aprobación a un modelo político más claramente de izquierdas -si bien es cierto que los Verdes han perdido fuerza electoral en esta última convocatoria.
La derecha también se ha ido posicionando ideológicamente, en el peor de los sentidos. El partido de extrema derecha continúa subiendo -no tanto como se esperaba-, pero fracasa en su intención de seguir el modelo danés: convertirse en un partido de apoyo al gobierno conservador-liberal. Aunque el resultado no ha sido el esperado, las ideas de la extrema derecha sobre las políticas de inmigración -en concreto de asilo- y sobre la bajada de impuestos han impregnado y condicionado el debate.
En tiempos en los que se supone que la ideología está ausente, las diferencias entre izquierda y derecha se han hecho más nítidas en Noruega. Ahora, en Dinamarca los socialdemócratas y los Verdes tratan de repetir la fórmula noruega y derrotar al gobierno conservador-liberal y a la nefasta influencia que la extrema derecha ha tenido durante estos años. Todavía hay espacio, afortunadamente, para el desacuerdo político y alternativas que no se conforman con reproducir el modelo neoliberal.
Así ha sido. El primer ministro Jens Stoltenberg ha salido victorioso de nuevo, avalado por su gestión: la crisis apenas ha afectado a Noruega y la tasa de desempleo es la más baja de Europa. En principio, es suficientemente llamativo que sea la primera vez en los últimos 16 años que un primer ministro resulta reelegido. Pero lo realmente destacable es que el gobierno noruego sigue siendo el único gobierno nórdico de izquierdas -en Dinamarca, Suecia y Finlandia gobiernan los liberal-conservadores.
El caso noruego es bastante curioso. Para arrebatar el poder al gobierno liberal-conservador, el partido socialdemócrata y el partido verde -en realidad, un partido similar a Izquierda Unida en España- deciden, con un gran apoyo social, presentar una alternativa conjunta. El partido socialdemócrata renunció al lenguaje socioliberal y recuperó los valores socialdemócratas clásicos. Los electores han mostrado su aprobación a un modelo político más claramente de izquierdas -si bien es cierto que los Verdes han perdido fuerza electoral en esta última convocatoria.La derecha también se ha ido posicionando ideológicamente, en el peor de los sentidos. El partido de extrema derecha continúa subiendo -no tanto como se esperaba-, pero fracasa en su intención de seguir el modelo danés: convertirse en un partido de apoyo al gobierno conservador-liberal. Aunque el resultado no ha sido el esperado, las ideas de la extrema derecha sobre las políticas de inmigración -en concreto de asilo- y sobre la bajada de impuestos han impregnado y condicionado el debate.
En tiempos en los que se supone que la ideología está ausente, las diferencias entre izquierda y derecha se han hecho más nítidas en Noruega. Ahora, en Dinamarca los socialdemócratas y los Verdes tratan de repetir la fórmula noruega y derrotar al gobierno conservador-liberal y a la nefasta influencia que la extrema derecha ha tenido durante estos años. Todavía hay espacio, afortunadamente, para el desacuerdo político y alternativas que no se conforman con reproducir el modelo neoliberal.
lunes, 14 de septiembre de 2009
Documental y manipulación
En la Mostra de Venecia, han coincido las presentaciones de las nuevas películas de Michael Moore y de Oliver Stone. El primero denuncia los excesos del capitalismo y el segundo da testimonio de los cambios políticos en América Latina encabezados por Hugo Chávez.
Viendo Días de Cine, me llama la atención el modo en que estas películas son valoradas por la crítica. Ya en El País, se incidía en lo caro que resulta entrevistar a Michael Moore. De este modo, se desprestigia al mensajero -Michale Moore- por capitalista y, de paso, el mensaje -su película Capitalism: a love story-, que es una crítica al capitalismo. Tras la censura a los honorarios de Moore, hemos de asumir que se oculta la premisa de que sólo está bien cobrar 2.000 euros por entrevista si eres un capitalista. O que sólo puedes ser anticapitalista si cobras menos de 2.000 euros. Supongo.
Con todo lo más común, es atacar al punto de vista del director: "El envoltorio [es] entretenido pero peligroso. Deja demasiadas puertas abiertas a la manipulación". Espero que el comentarista no entre por todas las puertas. Yo siempre he valorado como positivo que una película abra puertas -eso sí, no cuando todas ellas llevan al mismo camino. Afirmar que Moore es un manipulador es, cuanto menos extraño. Frente al carácter aparentemente objetivo e impersonal del documental, Moore asume la primera persona y se convierte en narrador y actor principal de la historia. No manipula ni más ni menos que un ensayista o un tertuliano. Un periodista de la COPE -o de la SER- no manipula, sino que opina.
Con independencia de lo que cobre -que seguro que es mucho-, Moore pone las cartas encima de la mesa y habla de temas que no son tan comunes -por mucho que la prensa insista en tildarlos de obvios. No imagino que El Mundo haya dedicado muchas páginas de su periódico a denunciar la codicia de Wall Street, como hace Moore. Mi impresión es que cada vez es más difícil documentar la ideología -esto es, hacer visibles algunos de los principios ideológicos. No porque éstos no existan sino porque las criticas son presentadas como maniqueas, manipuladoras, simplistas o partidistas. Y eso que manipular es rentable y se puede ganar 2.000 euros por entrevista. Pronto, la manipulación empezará a cotizar en bolsa. ¿O acaso lo hace ya?
Viendo Días de Cine, me llama la atención el modo en que estas películas son valoradas por la crítica. Ya en El País, se incidía en lo caro que resulta entrevistar a Michael Moore. De este modo, se desprestigia al mensajero -Michale Moore- por capitalista y, de paso, el mensaje -su película Capitalism: a love story-, que es una crítica al capitalismo. Tras la censura a los honorarios de Moore, hemos de asumir que se oculta la premisa de que sólo está bien cobrar 2.000 euros por entrevista si eres un capitalista. O que sólo puedes ser anticapitalista si cobras menos de 2.000 euros. Supongo.
Con todo lo más común, es atacar al punto de vista del director: "El envoltorio [es] entretenido pero peligroso. Deja demasiadas puertas abiertas a la manipulación". Espero que el comentarista no entre por todas las puertas. Yo siempre he valorado como positivo que una película abra puertas -eso sí, no cuando todas ellas llevan al mismo camino. Afirmar que Moore es un manipulador es, cuanto menos extraño. Frente al carácter aparentemente objetivo e impersonal del documental, Moore asume la primera persona y se convierte en narrador y actor principal de la historia. No manipula ni más ni menos que un ensayista o un tertuliano. Un periodista de la COPE -o de la SER- no manipula, sino que opina.
Con independencia de lo que cobre -que seguro que es mucho-, Moore pone las cartas encima de la mesa y habla de temas que no son tan comunes -por mucho que la prensa insista en tildarlos de obvios. No imagino que El Mundo haya dedicado muchas páginas de su periódico a denunciar la codicia de Wall Street, como hace Moore. Mi impresión es que cada vez es más difícil documentar la ideología -esto es, hacer visibles algunos de los principios ideológicos. No porque éstos no existan sino porque las criticas son presentadas como maniqueas, manipuladoras, simplistas o partidistas. Y eso que manipular es rentable y se puede ganar 2.000 euros por entrevista. Pronto, la manipulación empezará a cotizar en bolsa. ¿O acaso lo hace ya?
miércoles, 9 de septiembre de 2009
Flexiseguridad y crisis
En el número de verano de "El Noticiero de las ideas" publiqué un artículo sobre la flexiseguridad, que ahora se puede encontrar en la edición electrónica de la revista.
La socialdemocracia, liderada entonces por Poul Nyrup Rasmussen, modificó parte de su ideario tradicional y flexibilizó el mercado laboral para lograr una mayor competitividad y adaptarse a las necesidades del mercado. Pero, por otro lado, la socialdemocracia mantuvo dos principios básicos: la intervención del Estado y las políticas redistributivas - financiadas, en gran medida, por los impuestos.
Me parecía interesante destacar estas dos dimensiones debido al modo en que las fuerzas conservadoras han interpretado el concepto de flexiseguridad. Para el Partido Popular y la CEOE, la flexiseguiridad se trata solamente de flexibilizar el mercado laboral -llevada hasta el extremo del despido libre. Muy poco, o más bien nada, se dice de las mejoras sociales o el modo en que se va a implementar la seguridad. De ahí que los sindicatos desconfíen de la posible aplicación de la flexiseguridad, entendida sólo como recorte de derechos laborales.
El gobierno muestra políticas contradictorias: suprime el impuesto sobre el Patrimonio y posteriormente propone la subida de impuestos, quedando dudas de cuál es el modelo social y redistributivo al que aspira - la ayuda temporal de 420 euros a los desempleados parece bastante limitada.
Más dudas quedan sobre el modelo social del Partido Popular, contrario a cualquier subida de los impuestos o a la intervención del Estado. O quizás sea ése su modelo (no) social.
La socialdemocracia, liderada entonces por Poul Nyrup Rasmussen, modificó parte de su ideario tradicional y flexibilizó el mercado laboral para lograr una mayor competitividad y adaptarse a las necesidades del mercado. Pero, por otro lado, la socialdemocracia mantuvo dos principios básicos: la intervención del Estado y las políticas redistributivas - financiadas, en gran medida, por los impuestos.
Me parecía interesante destacar estas dos dimensiones debido al modo en que las fuerzas conservadoras han interpretado el concepto de flexiseguridad. Para el Partido Popular y la CEOE, la flexiseguiridad se trata solamente de flexibilizar el mercado laboral -llevada hasta el extremo del despido libre. Muy poco, o más bien nada, se dice de las mejoras sociales o el modo en que se va a implementar la seguridad. De ahí que los sindicatos desconfíen de la posible aplicación de la flexiseguridad, entendida sólo como recorte de derechos laborales.
El gobierno muestra políticas contradictorias: suprime el impuesto sobre el Patrimonio y posteriormente propone la subida de impuestos, quedando dudas de cuál es el modelo social y redistributivo al que aspira - la ayuda temporal de 420 euros a los desempleados parece bastante limitada.
Más dudas quedan sobre el modelo social del Partido Popular, contrario a cualquier subida de los impuestos o a la intervención del Estado. O quizás sea ése su modelo (no) social.
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