lunes, 8 de agosto de 2011

Terror e integración

Aparecido en el diario La Rioja el 3 de agosto de 2011

La masacre de Noruega el 22-J fue retransmitida en tiempo real por los medios de comunicación. Como viene siendo cada vez más común, los espectadores asistieron a una tragedia antes de tener una explicación para saber lo que estaba pasando. La información inicial fue confusa y apuntaba hacia un ataque yihadista pero poco a poco las contradicciones fueron surgiendo y se habló de un ciudadano noruego, una categoría todavía un tanto confusa para revelar la autoría. Finalmente, una fotografía nos presentaba a un asesino 'étnicamente noruego' y no dejaba lugar a dudas de que no se había actuado en nombre de Alá.

La aparente amenaza islamista terminó por ser obra de un miembro de la extrema derecha. La sombra de la vulnerabilidad de Europa ante el terrorismo yihadista y la creciente 'islamización' se disiparon pronto. La amenaza provenía de quienes se consideran defensores de la patria y ven a los progresistas y a los musulmanes como los principales enemigos. Un breve repaso de la asociación entre terror e integración nos puede ayudar a entender mejor cómo hemos llegado hasta aquí.

En el 2004 el cineasta Theo van Gogh fue asesinado en Holanda por un fundamentalista de una organización islamista radical. El atentado conmocionó a la sociedad holandesa y se originó un encendido debate sobre la integración y los problemas derivados del multiculturalismo. Holanda realizó un cambio en sus políticas, abandonó el trato favorable a las minorías y empezó a exigir a los inmigrantes que asumieran mayores obligaciones.

Los ataques terroristas del 2005 en Londres hicieron saltar la alarma de nuevo. Inglaterra también se había caracterizado por su defensa del multiculturalismo. Años más tarde hay un consenso generalizado entre los líderes europeos. David Cameron, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy declararon que el multiculturalismo había fracasado. Mariano Rajoy se sumó a esta tendencia con la exigencia de un contrato de integración para los inmigrantes.

Bajo la influencia del 11-S, la política europea de integración se ha ido desarrollando como una parte fundamental de la seguridad nacional e internacional. Los asesinatos en Noruega parecían apuntar a la continuación del choque de civilizaciones. Y, sin embargo, el rostro de Anders Behring Breivik nos mostraba la faceta oculta de 'nuestra civilización'. ¿Casualidad que ocurriera en Noruega? No.
La extrema derecha política ha adquirido una gran influencia en los países nórdicos, incluyendo a la otrora Suecia multiculturalista, y ha sabido marcar el ritmo del debate sobre la integración. Dinamarca ha optado abiertamente por la defensa del asimilacionismo y que los inmigrantes se conviertan en daneses. El tono xenófobo y racista, dirigido especialmente contra los musulmanes, ha sido asumido con naturalidad por gran parte de la población. No sólo los beneficios sociales y económicos se han sentido amenazados, sino también la identidad nacional y cultural. Ni la izquierda ni el centroderecha han sabido presentar otra alternativa.

Cuando se habla de la autoría y la responsabilidad directa, hay que distinguir entre la extrema derecha parlamentaria y los grupos violentos. Pero no cuando se trata del impacto social. Existe un trasfondo ideológico compartido. La idea de que Europa está siendo invadida por el Islam no ha sido inventada por un psicópata noruego ni tampoco que el multiculturalismo sea una amenaza o que los valores nacionales estén en peligro.

La matanza del 22-J debe representar un punto de reflexión sobre los extremos hasta los que se ha llevado la relación entre terror e integración. Se ha difundido la idea del Islam como amenaza y han aumentado las exigencias de asimilación a los inmigrantes. Todo esto sin pensar que la democracia también puede ser atacada en nombre de la 'verdadera' nación o que las sociedades de acogida también deben cambiar y participar en la multiculturalidad. Es tiempo de revertir esta lógica y empezar a ver la integración como un proceso que va en dos direcciones y no como un riesgo para la seguridad.

miércoles, 3 de agosto de 2011

Próxima estación: ¿Sol o Moncloa?

Aparecido en el diario La Rioja el 30 de mayo de 2011

ZP nos falló y nos reprime» era uno de los lemas que se podía leer en las pancartas de los manifestantes de la Puerta del Sol haciéndose eco de los gritos «No nos falles», para que el recién elegido presidente cumpliera su palabra en el 2004. La voz de los ciudadanos en las calles, indignados ante la manipulación ejercida por el PP tras los atentados del 11-M, inició un ciclo. Años después, la indignación, de nuevo de los ciudadanos ante un gobierno que no escucha ni responde a sus demandas, cierra el ciclo del gobierno de ZP.

El PSOE se ha apresurado a culpar a la crisis económica. Es cierto, pero sólo en parte. Los titubeos iniciales sobre si estábamos ante un decrecimiento, una recesión o una crisis sembraron la confusión. Los recortes sociales hicieron el resto. El discurso socialdemócrata del gobierno fue desvaneciéndose y el argumento de vamos a salvaguardar el Estado del Bienestar a base de eliminar las prestaciones sociales ha demostrado ser insostenible. El centro-izquierda volvía a exhibir sus debilidades tras abandonar parte de sus principios redistributivos y adherirse a la lógica del libre mercado, al igual que la derecha que gobierna Europa en la actualidad.

La crisis económica debería haber dejado ver al emperador desnudo. Sin los ropajes del capitalismo especulativo, los ciudadanos podían observar los excesos de un sistema movido por el individualismo y el interés propio. Los políticos, como se insinuó en un principio, podían haber optado por un New Deal y recuperar la cordura social y paliar las desigualdades económicas. Sin embargo, el desarrollo fue bien diferente. El Estado recuperó un papel predominante, pero para apoyar al capital, y los políticos se apresuraron en buscar nuevas vestimentas para que el emperador pudiera seguir paseando desnudo.

Zapatero asumió la labor de buscar esas nuevas ropas y no le importó entrar en contradicción con lo que había dicho antes y deshacer lo que había hecho. Por si fuera poco, la misión actual de ZP es finalizar su mandato para llevar a cabo las reformas «imprescindibles». El PP disfruta así de una posición cómoda y ya ha recogido sus primeros frutos en las elecciones del 22-M. Sin tener que cambiar su estrategia de descalificación permanente, los populares sienten la legitimación de las urnas y la autoconfianza de quien se siente ganador.

El PP no ha tenido necesidad de pronunciarse sobre el modelo económico que provocó la crisis, ni siquiera se ha sentido obligado a ofrecer propuestas. La oposición se ha basado en la crítica de las acciones del gobierno con el punto de mira puesto en las elecciones y en llegar al poder. Las contradicciones parecen no importar: mientras que el PP de la oposición se presenta como defensor de los débiles y de los afectados por la crisis, el PP del gobierno sugiere más recortes sociales e incentivos para las empresas. La corrupción y el descrédito de la clase política tampoco le afectan. Su base electoral es amplia y sólida y a ella ha sumado parte de los votantes desencantados.

Las manifestaciones del 15M revitalizaron la política no restringida sólo a los políticos. Cuando las palabras, en forma de promesas electorales, pierden su sentido, es loable que sean los ciudadanos quienes tomen la palabra y se apropien de los espacios públicos. Mejor que hablar de los problemas que interesan a los ciudadanos, como repite con insistencia el PP, es que los propios ciudadanos hablen. La imagen de la Puerta del Sol nos recuerda que otra política es posible pero los resultados electorales nos recuerdan, al mismo tiempo, que hay un sistema que ya existe.

La izquierda debe encontrar caminos que combinen la vía representativa y la expresiva si lo que quiere es ampliar el significado de hacer política. El PSOE necesita recuperar, entre otras cosas, la confianza del ciudadano. IU tiene que demostrar que no es uno más de la desprestigiada clase política. Mientras estos partidos miran a Sol, el PP, por su parte, elige el camino directo para llegar a Moncloa. Esto probablemente agradará a sus votantes pero no debería ser suficiente para los ciudadanos.