ZP nos falló y nos reprime» era uno de los lemas que se podía leer en las pancartas de los manifestantes de la Puerta del Sol haciéndose eco de los gritos «No nos falles», para que el recién elegido presidente cumpliera su palabra en el 2004. La voz de los ciudadanos en las calles, indignados ante la manipulación ejercida por el PP tras los atentados del 11-M, inició un ciclo. Años después, la indignación, de nuevo de los ciudadanos ante un gobierno que no escucha ni responde a sus demandas, cierra el ciclo del gobierno de ZP.
El PSOE se ha apresurado a culpar a la crisis económica. Es cierto, pero sólo en parte. Los titubeos iniciales sobre si estábamos ante un decrecimiento, una recesión o una crisis sembraron la confusión. Los recortes sociales hicieron el resto. El discurso socialdemócrata del gobierno fue desvaneciéndose y el argumento de vamos a salvaguardar el Estado del Bienestar a base de eliminar las prestaciones sociales ha demostrado ser insostenible. El centro-izquierda volvía a exhibir sus debilidades tras abandonar parte de sus principios redistributivos y adherirse a la lógica del libre mercado, al igual que la derecha que gobierna Europa en la actualidad.La crisis económica debería haber dejado ver al emperador desnudo. Sin los ropajes del capitalismo especulativo, los ciudadanos podían observar los excesos de un sistema movido por el individualismo y el interés propio. Los políticos, como se insinuó en un principio, podían haber optado por un New Deal y recuperar la cordura social y paliar las desigualdades económicas. Sin embargo, el desarrollo fue bien diferente. El Estado recuperó un papel predominante, pero para apoyar al capital, y los políticos se apresuraron en buscar nuevas vestimentas para que el emperador pudiera seguir paseando desnudo.
Zapatero asumió la labor de buscar esas nuevas ropas y no le importó entrar en contradicción con lo que había dicho antes y deshacer lo que había hecho. Por si fuera poco, la misión actual de ZP es finalizar su mandato para llevar a cabo las reformas «imprescindibles». El PP disfruta así de una posición cómoda y ya ha recogido sus primeros frutos en las elecciones del 22-M. Sin tener que cambiar su estrategia de descalificación permanente, los populares sienten la legitimación de las urnas y la autoconfianza de quien se siente ganador.
El PP no ha tenido necesidad de pronunciarse sobre el modelo económico que provocó la crisis, ni siquiera se ha sentido obligado a ofrecer propuestas. La oposición se ha basado en la crítica de las acciones del gobierno con el punto de mira puesto en las elecciones y en llegar al poder. Las contradicciones parecen no importar: mientras que el PP de la oposición se presenta como defensor de los débiles y de los afectados por la crisis, el PP del gobierno sugiere más recortes sociales e incentivos para las empresas. La corrupción y el descrédito de la clase política tampoco le afectan. Su base electoral es amplia y sólida y a ella ha sumado parte de los votantes desencantados.
Las manifestaciones del 15M revitalizaron la política no restringida sólo a los políticos. Cuando las palabras, en forma de promesas electorales, pierden su sentido, es loable que sean los ciudadanos quienes tomen la palabra y se apropien de los espacios públicos. Mejor que hablar de los problemas que interesan a los ciudadanos, como repite con insistencia el PP, es que los propios ciudadanos hablen. La imagen de la Puerta del Sol nos recuerda que otra política es posible pero los resultados electorales nos recuerdan, al mismo tiempo, que hay un sistema que ya existe.
La izquierda debe encontrar caminos que combinen la vía representativa y la expresiva si lo que quiere es ampliar el significado de hacer política. El PSOE necesita recuperar, entre otras cosas, la confianza del ciudadano. IU tiene que demostrar que no es uno más de la desprestigiada clase política. Mientras estos partidos miran a Sol, el PP, por su parte, elige el camino directo para llegar a Moncloa. Esto probablemente agradará a sus votantes pero no debería ser suficiente para los ciudadanos.
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