La masacre de Noruega el 22-J fue retransmitida en tiempo real por los medios de comunicación. Como viene siendo cada vez más común, los espectadores asistieron a una tragedia antes de tener una explicación para saber lo que estaba pasando. La información inicial fue confusa y apuntaba hacia un ataque yihadista pero poco a poco las contradicciones fueron surgiendo y se habló de un ciudadano noruego, una categoría todavía un tanto confusa para revelar la autoría. Finalmente, una fotografía nos presentaba a un asesino 'étnicamente noruego' y no dejaba lugar a dudas de que no se había actuado en nombre de Alá.

La aparente amenaza islamista terminó por ser obra de un miembro de la extrema derecha. La sombra de la vulnerabilidad de Europa ante el terrorismo yihadista y la creciente 'islamización' se disiparon pronto. La amenaza provenía de quienes se consideran defensores de la patria y ven a los progresistas y a los musulmanes como los principales enemigos. Un breve repaso de la asociación entre terror e integración nos puede ayudar a entender mejor cómo hemos llegado hasta aquí.
En el 2004 el cineasta Theo van Gogh fue asesinado en Holanda por un fundamentalista de una organización islamista radical. El atentado conmocionó a la sociedad holandesa y se originó un encendido debate sobre la integración y los problemas derivados del multiculturalismo. Holanda realizó un cambio en sus políticas, abandonó el trato favorable a las minorías y empezó a exigir a los inmigrantes que asumieran mayores obligaciones.
Los ataques terroristas del 2005 en Londres hicieron saltar la alarma de nuevo. Inglaterra también se había caracterizado por su defensa del multiculturalismo. Años más tarde hay un consenso generalizado entre los líderes europeos. David Cameron, Angela Merkel y Nicolas Sarkozy declararon que el multiculturalismo había fracasado. Mariano Rajoy se sumó a esta tendencia con la exigencia de un contrato de integración para los inmigrantes.
Bajo la influencia del 11-S, la política europea de integración se ha ido desarrollando como una parte fundamental de la seguridad nacional e internacional. Los asesinatos en Noruega parecían apuntar a la continuación del choque de civilizaciones. Y, sin embargo, el rostro de Anders Behring Breivik nos mostraba la faceta oculta de 'nuestra civilización'. ¿Casualidad que ocurriera en Noruega? No.
La extrema derecha política ha adquirido una gran influencia en los países nórdicos, incluyendo a la otrora Suecia multiculturalista, y ha sabido marcar el ritmo del debate sobre la integración. Dinamarca ha optado abiertamente por la defensa del asimilacionismo y que los inmigrantes se conviertan en daneses. El tono xenófobo y racista, dirigido especialmente contra los musulmanes, ha sido asumido con naturalidad por gran parte de la población. No sólo los beneficios sociales y económicos se han sentido amenazados, sino también la identidad nacional y cultural. Ni la izquierda ni el centroderecha han sabido presentar otra alternativa.
Cuando se habla de la autoría y la responsabilidad directa, hay que distinguir entre la extrema derecha parlamentaria y los grupos violentos. Pero no cuando se trata del impacto social. Existe un trasfondo ideológico compartido. La idea de que Europa está siendo invadida por el Islam no ha sido inventada por un psicópata noruego ni tampoco que el multiculturalismo sea una amenaza o que los valores nacionales estén en peligro.
La matanza del 22-J debe representar un punto de reflexión sobre los extremos hasta los que se ha llevado la relación entre terror e integración. Se ha difundido la idea del Islam como amenaza y han aumentado las exigencias de asimilación a los inmigrantes. Todo esto sin pensar que la democracia también puede ser atacada en nombre de la 'verdadera' nación o que las sociedades de acogida también deben cambiar y participar en la multiculturalidad. Es tiempo de revertir esta lógica y empezar a ver la integración como un proceso que va en dos direcciones y no como un riesgo para la seguridad.
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