La conferencia política del PSOE debería haber servido para dar un mayor impulso ideológico a un partido cuyas señas de identidad se empezaron a desdibujar a partir de mayo del 2010. Zapatero decidió en aquel entonces dedicarse a gobernar para los mercados bajo la amenaza del rescate, aunque para ello tuviera que sacrificar su proyecto político. Ahora que termina su segunda legislatura, es un buen momento para valorar el legado ideológico de Zapatero tras ganar el 35º Congreso del PSOE en el 2000.
La historia es conocida. Zapatero logró ganar las elecciones primarias del partido en colaboración con una nueva generación de diputados socialistas que formaron el grupo Nueva Vía. La inspiración de estos jóvenes políticos en la tercera vía de Tony Blair es evidente. Sin embargo, el giro social liberal, emprendido por los laboristas británicos, se mostró bien pronto problemático por su defensa del libre mercado y su alineamiento con la política exterior belicista de George Bush.

La historia es conocida. Zapatero logró ganar las elecciones primarias del partido en colaboración con una nueva generación de diputados socialistas que formaron el grupo Nueva Vía. La inspiración de estos jóvenes políticos en la tercera vía de Tony Blair es evidente. Sin embargo, el giro social liberal, emprendido por los laboristas británicos, se mostró bien pronto problemático por su defensa del libre mercado y su alineamiento con la política exterior belicista de George Bush.

De ahí que hiciera faltar encontrar un ideario y un lenguaje distintos. Para ello, Zapatero no partió de la experiencia política concreta, como pasó con la tercera vía, sino de la teoría política del republicanismo, elaborada por Philip Pettit. Zapatero rebautizó a esta propuesta como socialismo cívico, basado en un principio ideológico sencillo y eficaz: la no dominación, esto es, para que las personas sean libres, tienen que gozar de igualdad de posibilidades y no ser coaccionadas por el poder.
A la luz de este principio, se puede entender una labor política y legislativa considerable cuyo fin consistía en aumentar los derechos civiles: la ley de matrimonios entre personas del mismo sexo, la ley integral contra la violencia de género, la ley de igualdad, la ley de dependencia, el plan estratégico de ciudadanía e integración, y, más recientemente, la ley del aborto. Por otro lado, se incrementó el esfuerzo por difundir una cultura cívica en el campo de la educación, con la incorporación de Educación para la Ciudadanía, y en el ámbito de la historia colectiva, con la Ley de Memoria Histórica.
Algunas de estas medidas fueron aprobadas con las protestas y el rechazo de determinados grupos sociales. Esto no es necesariamente negativo, ya que el espacio público fue concebido como un espacio para la deliberación colectiva y la exposición de argumentos contrarios. En otras palabras, hubo espacio para discutir opiniones enfrentadas. Desgraciadamente, el tono estuvo marcado por la crispación y no por la voluntad de llegar a un acuerdo.
Con los primeros síntomas de la crisis, el socialismo cívico fue dejando paso a la política de la comunicación, con un intento ingenuo de negar la gravedad de la crisis. Se evidenció pronto la principal carencia del socialismo cívico: nunca fue concebido como una alternativa económica. La desafortunada frase de Zapatero «bajar los impuestos es de izquierdas» y la supresión del impuesto sobre el patrimonio marcaron la falta de una política fiscal destinada a corregir las desigualdades sociales. Además, como reconoce ahora el candidato Rubalcaba, mantener el modelo de crecimiento basado en el ladrillo fue un gran error.
En su discurso durante la conferencia política del PSOE, Zapatero equiparó el valor de los derechos sociales, alcanzados durante la primera legislatura, con el hecho de haber evitado que España tuviera que pedir ayuda. El propio Zapatero cierra así el ciclo del socialismo cívico como alternativa para refundar la socialdemocracia. Siguiendo su lógica, los derechos sociales son un avance pero no mayor que seguir las leyes dictadas por el mercado.
Tras el intento, prometedor al principio y amargo al final, por encontrar nuevos fundamentos para la socialdemocracia, el proyecto socialista queda reducido a sus mínimos: defensa de la sanidad, la educación y, no sin contradicciones, del sistema de pensiones. Son tiempos de crisis, también para la socialdemocracia, que olvidó que la redistribución económica siempre ha sido parte fundamental y distintiva de su ideario.
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