Perdiendo el control? Esta pregunta daba título a una obra escrita por la socióloga Saskia Sassen en 1996. La tesis consistía, brevemente, en que los Estados-nación ya no son los únicos poseedores de la soberanía. De hecho, la soberanía nacional ha sido desafiada por el creciente poder del mercado global de capitales y su capacidad de influir en la política nacional.
Ese mismo año, Aznar lograba la victoria para el PP. La recesión mundial pasó factura al Gobierno del PSOE, liderado por un Felipe González en caída libre, y el PP inició una dura política económica para cumplir los criterios de convergencia fijados por el Tratado de Maastricht. Era una muestra inicial de cómo la economía nacional debía ajustarse a las demandas de la economía internacional. Con todo, la crisis no era comparable a la actual.
Ahora es el turno de Rajoy, victorioso ante otro fin de ciclo político socialista. Han pasado 15 años y la pérdida de control de los Estados-nación se ha hecho mucho más evidente. Se han nombrado gobiernos de tecnócratas en Italia y Grecia, y Zapatero también dio su giro tecnócrata en el 2010 para calmar a los mercados. Consiguió mantenerse en el poder pero el PSOE perdió primero su identidad política y, ahora, 59 escaños.
Durante la campaña electoral, Mariano Rajoy tuvo que pedir a los mercados un mínimo de margen para poder actuar. Pero los mercados ya daban por hecho el cambio de gobierno y lo que exigían era una firme voluntad por llevar a cabo duras reformas. Antes de tomar las primeras medidas, tenía que quedar claro que no le corresponde al nuevo gobierno fijar las líneas rojas de la austeridad sino al mercado, encargado de imponerla.
La pregunta queda todavía pendiente: ¿cómo controlar los mercados para evitar que los mercados controlen a los gobiernos? Rajoy apeló en su campaña a la soberanía nacional para desmarcarse de las demandas del 15M. El entonces candidato defendió el valor de la política y proclamó que «lo que llega ahora es la época de los buenos gobernantes elegidos por los ciudadanos que son los representantes de la soberanía nacional». Los ciudadanos representan, efectivamente, la soberanía nacional, lo que no queda tan claro es que los Estados puedan hacer prevalecer la soberanía nacional frente a los intereses del mercado. Ni Rajoy, dado a no prometer milagros, ni los buenos gobernantes pueden asegurarlo.El PP ha conseguido un poder político absoluto, en el ámbito municipal, regional y ahora nacional, pero no es suficiente si no consigue extender ese poder al ámbito europeo. La labor del buen gobernante Rajoy consistirá en ganarse la confianza de otros gobernantes europeos (Merkel y Sarkozy a la cabeza) y de los mercados. La alegría en la Unión Europea sobre la victoria del PP está más que justificada: no hay que pasar por el mal trago de imponer un gobierno de tecnócratas y el nuevo gobierno es fuerte y cuenta con la legitimidad democrática de las urnas.
A falta de control sobre el poder económico global, la 'refundación del capitalismo' requiere mayores recortes sociales. Rajoy lo sabe y espera contar con el apoyo de los votantes que han asumido la necesidad de sacrificios y confían en que ello sirva para crear empleo. La aplicación de medidas para lograr la 'estabilidad económica y presupuestaria' tendrá que superar el malestar social que provocará. La mayoría absoluta conseguirá lo primero mientras que lo segundo dependerá del vigor de la sociedad civil.
Rosa Díez ha declarado que el bipartidismo ha terminado. No le falta razón pero ha sido a costa del surgimiento del unipartidismo y del hundimiento de un partido. Es valioso que nuevos partidos vayan a expresar su opinión en la tribuna del parlamento pero paradójicamente la toma de decisiones estará solo en manos de uno. Quizás no sea la hora de la política: un partido es el depositario de un poder absoluto y va a actuar en nombre de las exigencias de la Unión Europea y los mercados. Pero el PP ha ganado las elecciones y eso debería reflejar la voluntad de los ciudadanos soberanos. Es la hora de la democracia. O no.
