La revista norteamericana Time ha elegido a la persona del año. En esta ocasión, la persona no pertenece a un solo país sino a todos. En la portada, el rostro está cubierto por un pañuelo y la cabeza, por un gorro. Sólo vemos los ojos. El nombre de la persona: el manifestante. Puede provenir de la primavera árabe o de Grecia, de Occupy Wall Street o Moscú.
Es interesante, antes de volver al manifestante, mirar hacia atrás y ver quiénes fueron las personas seleccionadas en ediciones anteriores.
Una portada muy comentada en su momento fue la de 2006. La persona del año fue tú, representada por un ordenador y la siguiente leyenda: «Sí, tú. Tú controlas la Era de la Información. Bienvenido a tu mundo». Se trataba del reconocimiento al valor de las tecnologías de la comunicación y la capacidad de decisión absoluta atribuida al usuario. Era el mundo incipiente de un, aparentemente, todopoderoso individuo.En 2008, el protagonismo recayó en el recién elegido presidente Barack Obama, destinado a ser el nuevo líder global. Obama parecía haber devuelto credibilidad a la política y los ciudadanos sintieron que les había dado esperanza (demasiada, tal vez) y confiaron en que se podía cambiar el sistema político. Sin embargo, pronto se diluyeron las expectativas y el desencanto se volvió a apoderar de los ciudadanos. El cambio por la vía política no llegó a producirse.
Al año siguiente el elegido fue Ben Bernanke, el presidente del banco central de EEUU, cuando la crisis económica apenas había empezado a mostrar su gravedad. Existía una confianza en que instituciones, como el banco central, fueran capaces de rescatar y salvar las economías americana y mundial. No hubo recuperación económica. Algo similar se experimentó en Europa, con planes de rescate, falta de coordinación internacional y economías nacionales al borde del colapso.
El honor recayó en 2010 sobre Mark Zuckerberg, creador de Facebook. En esta ocasión, el premio era para las redes sociales. La comunicación mediada a través de Internet se ha convertido en parte fundamental de la interacción cotidiana y del modo en que nos presentamos en público (cuántos amigos tenemos, qué nos gusta y cuáles son nuestros intereses). Es una forma de comunicarse y conocerse que tiene lugar en un espacio virtual.
De vuelta a 2011, los manifestantes. Con ellos, queda atras el indivudalismo del tú y hablamos de ciudadanos (y no de usuarios). Por otro lado, el escepticismo ante el sistema económico y su entremado institucional se ha extendido. Los ciudadanos también han dejado de identificarse con el discurso de los políticos y reclaman mayor inclusión en la toma de decisiones. Otro paso decisivo: las redes sociales han pasado del espacio virtual a las plazas, de Tahrir y de Sol.
El rostro del manifestante es singular pero también universal, ya que representa a todos los manifestantes que intentan cambiar el orden social desde distintos lugares. Al dedicar la portada y poner el foco en los manifestantes, Time nos revela algo significativo: la palabra pertenece a los manifestantes, mientras que los gobernantes (que quedan fuera del primer plano) han agotado su discurso y carecen de palabras para promover el cambio.
Dos casos ejemplifican esta afirmación: las lagrimas de la ministra italiana Elsa Fornero y la intervención del actor norteamericano Danny Glover en Occupy Oakland.
La ministra de Trabajo del nuevo gobierno italiano, Elsa Fornero, no pudo evitar ponerse a llorar cuando anunciaba el plan de austeridad y los duros ajustes que iban a sufrir los ciudadanos. A propósito de la reforma de las pensiones, Fornero hablaba de pedir a los ciudadanos, pero la ministra no llegó a concluir su frase (el objeto de la petición). Su voz se quebró y ella rompió en lágrimas sin terminar de pronunciar 'sacrificio'. El primer ministro, Mario Monti, impasible, se apropió de la palabra y comentó: «Pienso que ella quiso decir sacrificio».
Es cuanto menos curioso que las palabras devengan lagrimas (silencio doloroso) cuando el discurso político pierde sentido y en lugar de buscar el beneficio de los ciudadanos, sólo se exigen sacrificios. La posibilidad de la política es reemplazada por el discurso tecnocrático. El drama de los ciudadanos es escenificado publicamente por el llanto de Fornero, al igual que Monti simboliza la exclusión de la emoción en nombre de la racionalidad del mercado.
Danny Glover asumió el discurso de la indignación y habló de un nuevo objetivo político: recuperar la humanidad. Para ello, «tenemos que volver a imaginar y volver a pensar en qué queremos decir con democracia». Glover reclamó la lucha por el cambio social y actuar a favor de los intereses del pueblo y en contra de los intereses de las corporaciones. A diferencia del gobierno italiano, la política emerge desde la posición del ciudadano que no acepta con resignación los sacrificios y aspira a una sociedad mejor.
El actor, que alcanzó su mayor popularidad con la saga Arma Letal en compañía del controvertido Mel Gibson, abandona su papel de policía en la ficción y se convierte en ciudadano, integrado dentro de un nosotros. El famoso 'Yes, we can' de Obama perdió sentido cuando desapareció el nosotros. Glover devuelve el valor a las palabras para transformar la sociedad y, para ello, no las pronuncia en inglés, sino en español: 'Sí, se puede'.
Una ministra convertida en actriz que desplaza la dura realidad y un actor que no se resigna y aspira a cambiar el mundo. Así termina 2011. Con un rostro como protagonista: los manifestantes.
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