martes, 20 de marzo de 2012

La Pepa, liberalismo y democracia

200 años desde la aprobación del texto constitucional conocido popularmente como La Pepa. Sobre el papel, al menos, un triunfo del liberalismo y un avance político y constitucional. Sin duda.

Lo llamativo es, sin embargo, el ímpetu puesto por los medios de comunicación conservadores y el PP por apropiarse del legado de la Constitución y por establecer múltiples paralelismos entre el pasado y el presente. Creo, por otro lado, que algunas voces de la izquierda, como Julio Anguita, se equivocan al argumentar contra el texto aprobado por las Cortes de Cádiz, mencionando los aspectos que, desde nuestra perspectiva actual, nos parecen rechazables y muestran facetas no tan progresistas como las que cabría esperar.

Como sea, en España había el liberalismo que había y, se agredece el intento de incorporar a la tradición política y filosófica patria el espíritu de la Ilustración y del progreso.

Por eso, insisto, lo que llama la atención es cómo el sector conservador reividinca la Constitución de Cádiz. Rajoy ha declarado que La Pepa es "el mejor fundamento de la democracia, la tolerancia y la pluralidad". Esto en sí es muy discutible y cabe preguntarse si el texto de 1812 representa realmente dicho fundamento. El liberalismo precede al movimiento democrático; la tolerancia estaba basada sobre una idea de ciudadano excluyente (para la mujer y más aun para extranjeros) y la pluralidad se correspondía con un universalismo que dejaba fuera a los no pertenecientes a su grupo social.

Estamos ante una nueva reivindicación del patriotismo constitucional (concepto notable pero que hasta el momento sólo se ha utilizado en España para censurar los nacionalismos o para nombrar el nacionalismo español con algo de pudor), la monarquía (sí, ya sabemos, está también en crisis) y la toma de decisiones para el bien de los ciudadanos sin pensar en los ciudadanos (ni tampoco en su bien, probablemente).

Una manera, en definitiva, de tratar de dar legitimidad histórica a un momento de crisis de legitimidad.

Lo más lógico sería reivindicar la Constitución de 1812 como momento liberal y la de 1931 como momento democrático y valorar así el proceso de modernización del país. El problema es que algunos parecen todavía más interesados en apelar al liberalismo que a la democracia.

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