martes, 13 de marzo de 2012

Lenguaje políticamente sexista

Artículo aparecido en el diario La Rioja el 11 de marzo de 2012

Le comentaba el filósofo Zizek a Julian Assange que lo que había sido impactante con Wikileaks no era la información que había revelado sino que algo que todo el mundo ya sabía pasó, de pronto, a confirmarse en la esfera pública. Algo similar puede decirse de ‘Sexismo lingüístico y visibilidad de la mujer’, publicado por Ignacio Bosque en nombre de la Real Academia. No hay nada nuevo en decir que «compañeros y compañeras» es más largo que decir «compañeros», que la @ de «alumn@s» no se puede pronunciar, o que el uso coherente de la concordancia es difícil de mantener en «los y las profesores y profesoras atentos y atentas».

Comparando las reacciones suscitadas, constatamos que Wikileaks resultó ser algo muy molesto para los poderes económicos y políticos. La crítica al lenguaje no sexista del informe de Bosque, en cambio, ha sido celebrada por los sectores más conservadores, con Wert a la cabeza, molestos por el excesivo poder que se atribuye a las feministas. Los intelectuales que han hablado de «feminazis» o «colectivos sexistas extremistas» dejan bien claro que se trata de una reacción más general contra un cambio institucional, que en los últimos años ha promovido la visibilidad y la representación de la mujer.

El uso del lenguaje sexista no debe restringirse a la morfología o al léxico. Ignacio Bosque se equivoca al definir el problema central como una oposición entre el lenguaje «común» y «oficial». Lo políticamente correcto (que es, en efecto, de lo que estamos hablando) surgió con la loable intención de cambiar el lenguaje institucional para evitar la discriminación social por motivos de raza, sexo, orientación social o religión. El carácter normativo de lo políticamente correcto (tenemos que hablar así y no de otra manera) se volvió en su contra. Las guías para combatir la discriminación lingüística fueron percibidas como una imposición que coartaba la libertad de los hablantes para expresarse. Lo políticamente correcto se equivocó al pensar que sería suficiente con cambiar las normas lingüísticas para promover el cambio social. La discusión sobre el «lenguaje correcto» se convirtió en una discusión puramente lingüística en lugar de cuestionar las prácticas sociales, incluyendo el lenguaje, en las que la discriminación tiene lugar.

El informe de Bosque reproduce una línea de argumentación similar y valora las guías antidiscriminación en su dimensión estrictamente lingüística, dejando fuera su impacto social. Si tiene sentido hablar de «profesorado» o «escritores y escritoras», es debido a un cambio en la estructura social (y las consiguientes demandas de mayor igualdad) y no a un cambio per se en las estructuras lingüísticas. Bosque pertenece a una institución dominada por hombres y aun así se pone a discutir las cuotas, arguyendo que algunas mujeres no se identifican con ellas. Sin embargo, Bosque obvia que el objetivo de las cuotas es lograr la igualdad entre hombres y mujeres. No se puede medir su eficacia sólo pensando en si a algunas mujeres les gusta o no. Habría que comprobar si se reduce la desigualdad estructural de género.

Así mismo, el ilustre académico no puede evitar reflejar algunas de las contradicciones del lenguaje sexista. Al narrar la experiencia de Margarita Salas, Bosque se refiere, usando las palabras de la bioquímica, a «las dificultades sociales que tuvo que vencer en sus primeros años de investigadora» y destaca cómo luego usa el sustantivo masculino científicos: «yo creo que los científicos tenemos la obligación». Podríamos preguntarnos por qué los primeros años de Salas fueron como «investigadora» y no como «investigador» o por qué la distinción de género, experimentada como investigadora, es relevante al inicio pero no después cuando ya está integrada en el grupo de «científicos». También menciona Bosque el tema de la «violencia doméstica». Quizás no le interese hablar de «violencia de género», ya que para él el género es gramatical, ni tampoco de «violencia machista». Está claro que la idea de «violencia doméstica» aleja cualquier connotación de dominación de género como si fuera un asunto privado. Más llamativa es la idea reiterativa de Bosque de que la lucha contra el sexismo es una cosa de mujeres (sólo en una ocasión nombra a los «varones» partidarios de la igualdad). Prueba de ello es la siguiente distinción, totalmente injustificada: «El criterio para decidir si existe o no sexismo lingüístico será la conciencia de las mujeres o, simplemente, de los ciudadanos contrarios a la discriminación». ¿Por qué no habla únicamente de ‘ciudadanos’ en su sentido genérico? ¿Por qué diferencia entre «mujeres» y «ciudadanos»? ¿Por qué dice «mujeres» y no «ciudadanas»?

Voluntaria o involuntariamente, la opinión de la Real Academia, más allá del lenguaje, se inserta dentro de una reacción opuesta al discurso reciente de la igualdad de género. Expresiones como la «violencia en el entorno familiar» o la «violencia de género estructural contra la mujer por estar embarazada» ejemplifican el uso políticamente sexista del lenguaje. No se puede discutir el lenguaje sin discutir la sociedad, al menos cuando se hace fuera de la esfera doméstica de la lingüística. La Academia defiende su función de preservar el buen uso del lenguaje. Las guías pretenden que el lenguaje sea más inclusivo. No es necesario compartir el contenido de las guías antidiscriminación para darse cuenta de que el sexismo se (re)produce en el lenguaje ni que las políticas sexistas son correctas dentro del discurso neoconservador. O patriarcal.

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