A veces, los políticos tienen la virtud (seguro que involuntaria) de decir más de lo que quieren decir y de encontrar formulaciones que revelan más de lo deseable. Pensemos en la conclusión de Mariano Rajoy tras sus 100 días de mandato: «Estamos tomando medidas que no nos gustan, pero no tenemos alternativa». La idea es justificar por qué el Gobierno asume medidas tan impopulares pero, en el fondo, lo que se transmite es la insignificancia de un gobierno incapaz de fijar su propia agenda.
La explicación más pedagógica de lo que está pasando proviene, sin duda, del portavoz del PP, Alfonso Alonso, quien justificó las medidas adoptadas en los tres primeros meses de la era Rajoy porque hacía falta «una verdadera terapia de choque para sacar la economía española adelante». Hay que agradecer a Alonso su sinceridad y su definición exacta de los cambios que estamos experimentando. Una terapia de choque. También será cierto que el Gobierno quiere sacar la economía adelante, pero parece claro que el costo consiste en dejar a los ciudadanos atrás.
En su libro de 2007, Naomi Klein se refería a la idea de ‘terapia de choque’ para dar cuenta de cómo el capitalismo se había aprovechado de las situaciones de crisis (algunas creadas intencionadamente) para promover medidas económicas contrarias a la voluntad popular, que, en otras circunstancias, serían imposibles de aplicar debido al rechazo social que provocarían. Los avances de la economía del libre mercado y los recortes en el Estado de bienestar se habrían conseguido de este modo.
No creo que Alonso tuviera en mente a Naomi Klein cuando habló de terapia de choque pero la idea es la misma. La crisis económica ha creado una nueva coyuntura en la que se está llevando a cabo una reestructuración del sistema económico. El objetivo ya no es crear un nuevo pacto social ni tampoco se espera una creación masiva de puestos de trabajo. Se trata de redefinir el capitalismo en detrimento del Estado social. La reducción del déficit conlleva recortes en el Estado de bienestar y en la capacidad del Estado para impulsar la economía. Es pronto para decir cómo estará el paciente después de su terapia de choque pero ya podemos ver cuáles son algunos de los ‘electrochoques’ que está recibiendo.
Primer electrochoque: la reforma laboral. «Extremadamente agresiva», dijo el
ministro de Economía, Luis de Guindos. Efectivamente, el despido se abarató y
los derechos de los trabajadores se convirtieron en privilegios. El aumento de
la inseguridad para empleados y desempleados ya no tenía que ir acompañado de
una mayor seguridad. La negociación con los sindicatos fue innecesaria y la
huelga general del 29-M, un mecanismo de protesta social que puede ignorarse sin
más.
Segundo electrochoque: la sanidad. Luis de Guindos ya había anunciado en un diario alemán (qué mejor medio para anunciar los cambios en el sistema español) que habría reformas en educación y sanidad. El Gobierno, según Ana Mato, «no ha tenido más remedio» que aplicar medidas que incluyen el copago de los medicamientos, un 10% para los jubilados y entre un 50 y un 60% para el resto. La reforma es vendida como progresiva, al estar realizado en función de las rentas, pero depende del consumo y no de los impuestos. Los grupos que más necesiten los medicamentos serán, pues, los más perjudicados y tendrán que contribuir con unos «pocos euros» más.
Tercer electrochoque: la educación. Esto sí que es darse un tiro en el pie, por recurrir a las palabras del ministro García-margallo. Recortar en educación es la mejor manera de asegurarse la falta de crecimiento en el futuro. Recortar en educación pública supone, directamente, acentuar la desigualdad social. Algunos ejemplos: el incremento de las tasas universitarias, la subida de un 20% del número de alumnos por aula y el aumento de horas lectivas del personal de Infantil, Primaria y Secundaria. El papel de las Humanidades vuelve a ser atacado, en nombre de la racionalidad económica, y poco cuenta su aportación para comprender al ser humano y el entorno social. Wert lo tiene claro: para ahorrar, hay que suprimir las carreras sin suficientes alumnos.
¿Y qué pasa, entre tanto, con el paciente? Si pensamos que el paciente es la economía nacional, la verdad es que todavía sigue mal. Incapaz de suministrarse sus propias recetas, sigue las directrices marcadas por la Unión Europea y escuchando el diagnóstico realizado por el FMI. Según ellos, más terapia de choque debe aplicarse. También para las comunidades autónomas. Tras años de debate político, la terapia de choque económico podría redibujar las competencias y las relaciones entre las CCAA. Cataluña ya no se reivindica como la comunidad que más contribuye a la economía española; ahora es pionera en experimentar con recortes sociales que todavía no se han aplicado en el resto de España.
Segundo electrochoque: la sanidad. Luis de Guindos ya había anunciado en un diario alemán (qué mejor medio para anunciar los cambios en el sistema español) que habría reformas en educación y sanidad. El Gobierno, según Ana Mato, «no ha tenido más remedio» que aplicar medidas que incluyen el copago de los medicamientos, un 10% para los jubilados y entre un 50 y un 60% para el resto. La reforma es vendida como progresiva, al estar realizado en función de las rentas, pero depende del consumo y no de los impuestos. Los grupos que más necesiten los medicamentos serán, pues, los más perjudicados y tendrán que contribuir con unos «pocos euros» más.
Tercer electrochoque: la educación. Esto sí que es darse un tiro en el pie, por recurrir a las palabras del ministro García-margallo. Recortar en educación es la mejor manera de asegurarse la falta de crecimiento en el futuro. Recortar en educación pública supone, directamente, acentuar la desigualdad social. Algunos ejemplos: el incremento de las tasas universitarias, la subida de un 20% del número de alumnos por aula y el aumento de horas lectivas del personal de Infantil, Primaria y Secundaria. El papel de las Humanidades vuelve a ser atacado, en nombre de la racionalidad económica, y poco cuenta su aportación para comprender al ser humano y el entorno social. Wert lo tiene claro: para ahorrar, hay que suprimir las carreras sin suficientes alumnos.
¿Y qué pasa, entre tanto, con el paciente? Si pensamos que el paciente es la economía nacional, la verdad es que todavía sigue mal. Incapaz de suministrarse sus propias recetas, sigue las directrices marcadas por la Unión Europea y escuchando el diagnóstico realizado por el FMI. Según ellos, más terapia de choque debe aplicarse. También para las comunidades autónomas. Tras años de debate político, la terapia de choque económico podría redibujar las competencias y las relaciones entre las CCAA. Cataluña ya no se reivindica como la comunidad que más contribuye a la economía española; ahora es pionera en experimentar con recortes sociales que todavía no se han aplicado en el resto de España.
¿Y si el paciente fueran los ciudadanos? El demócrata Van
Jones, exasesor de la Administración Obama, afirmaba que la clase media se ha
sustentado tradicionalmente sobre la educación y la vivienda. Añadamos la
sanidad pública a la lista. Entendemos así la gravedad de lo que está pasando y
las consecuencias que la actual reestructuración económica puede tener para los
ciudadanos, que asumirán los costes de los recortes para tener acceso a la
educación y a la atención sanitaria (olvidemos lo de la vivienda digna). No hay
alternativa, nos dicen. Ya no hay líneas rojas. Sólo un poco más de terapia de
choque para aumentar el desorden bipolar entre los que tienen y los que no.

No hay comentarios:
Publicar un comentario