En los últimos
años, han trascendido varios casos de corrupción que vuelven a extender la desconfianza
y el rechazo generalizado hacia los políticos. La corrupción ha estado presente
en el gobierno saliente (José Blanco y el ‘caso Campeón’) y en el entrante (el
gobierno de Matas y la trama ‘Gürtel’) y ha afectado a la Casa Real con la
implicación de Iñaki Urdangarin en el caso Nóos. La corrupción debe ser
denunciada y castigada. Es más, debería cortarse de raíz la sensación de que la
corrupción es una práctica habitual entre los políticos. Sin embargo, algunos
políticos corruptos no son condenados y, lo que es peor, queda latente la sospecha
de que la corrupción va mucho más allá de estos casos.
Dicho brevemente,
hemos puesto nombres y caras a algunos de los corruptos (condenados o no) en
este país. Hablamos, en estos casos, de corrupción
manifiesta. Nos falta hablar de una corrupción más profunda, la que el
autor Lawrence Lessig denomina corrupción
dependiente. Vayamos a lo concreto: empecemos por los trajes de Camps para
llegar hasta el lugar donde nos dejó el 15-M.
Francisco Camps
ha simbolizado como nadie la corrupción en España. El famoso caso de los trajes
ha puesto al descubierto la poca elegancia de las conexiones entre los
intereses económicos y políticos. La imagen de Camps escuchando, impasible, su
conversación con ‘El Bigotes’ nos ofrece un retrato de lo que pasa dentro y
fuera de la escena política. Mientras que nosotros nos convertimos en testigos mediáticos
del intercambio verbal entre Camps y su ‘amiguito del alma’, Camps parece más
otro testigo que un acusado. Camps es el hombre disociado: la imagen en
silencio, por un lado, y la voz que habla sin ser vista, por otro. Camps se
escucha como si él mismo, sentado en el banquillo, no fuera la misma persona
que habla en las grabaciones.
Los votantes
mostraron su apoyo a Camps en las elecciones valencianas de mayo en las que fue
elegido, de nuevo, Presidente de la Generalitat. Camps no fue visto como un
culpable sino como una víctima del acoso y derribo orquestado por la izquierda.
Posteriormente, un tribunal popular lo declaró no culpable. Ni en el campo
político ni en el jurídico las prácticas corruptas fueron condenadas.
El Bigotes,
volviendo a su conversación con Camps, da, involuntariamente, con la clave
cuando dice: “Ésa es la ventaja de estar todos los días delante de un micro: tu
caudal de palabra, tu facilidad de palabra”. El poder reside no en la facilidad
de palabra sino en el lugar desde el que las palabras son pronunciadas, esto
es, delante de un micro. Camps al teléfono sigue usando el poder que le da estar
en posesión de la palabra privilegiada. Aunque Camps no fue condenado, su
figura ha pasado a personificar la corrupción manifiesta, que debe
identificarse con las personas que abusan de su poder y anteponen los intereses
privados a los públicos.
Con todo, existe
una corrupción más grave, no atribuible a las conductas reprochables de
determinados políticos. Lessig habla de corrupción manifiesta para referirse a
los gobiernos que han dejado de actuar para alcanzar el bien de los ciudadanos
y responden, en su lugar, a las imposiciones de los intereses económicos. Esto
se traduce en una pérdida de la confianza por parte de los ciudadanos, que ven el
hecho de votar como un sinsentido.
Hay que atribuir
a los ciudadanos que ocuparon las plazas españolas en mayo el mérito de haberse
dado cuenta de que hay una corrupción más profunda, subyacente a los escándalos
que acaparan las portadas de los periódicos. El 15-M identificó el problema y
supo formularlo de forma eficaz bajo un eslogan sencillo: “No nos representan”.
Los intereses de los ciudadanos habían sido desplazados por los económicos. El
rescate a los bancos había sido compatible con el hundimiento de la economía
doméstica de los ciudadanos. El PSOE y el PP pasaron a ser percibidos como
partidos intercambiables. Una vez perdida la confianza hacia los políticos, se
depositaba toda la esperanza en una multitud haciendo crac, por tomar prestadas
las palabras de Nacho Vegas.
El rechazo
generalizado hacia los dos principales políticos se encontró con un gran
inconveniente: el sistema político siguió funcionando según lo acostumbrado.
Primero, en las elecciones municipales y autonómicas y luego en las elecciones
generales. El PSOE fue reemplazado por el PP en el poder y se inició un nuevo período
legislativo que nos permitirá comparar las semejanzas y diferencias entre ambos
gobiernos
.
Probablemente, se
produjo una confusión. El poder de la gente, presente en las calles,
contrastaba con la falta de poder del gobierno, de un gobierno que había
perdido su capacidad de maniobra desde el 2010. Pero la pérdida de poder del
gobierno no es lo mismo que la pérdida del poder del sistema. El poder
económico sigue definiendo una agenda ajena a los intereses de los ciudadanos,
que se manifiesta mediante recortes sociales o una nueva reforma laboral. En
otras palabras, la autonomía demostrada por la sociedad civil no fue acompañada
por una autonomía equivalente del poder político.
El 15-M tiene que
averiguar cómo enfrentarse a la corrupción dependiente, al modo en que el poder
económico se impone sobre el político. La crítica a los partidos mayoritarios o
la indignación provocada por los casos de corrupción manifiesta deberían ser
enmarcadas dentro del objetivo más amplio de recuperar la política al servicio del
bien común.
La tarea es compleja. La corrupción ha hecho un traje a medida de los intereses del mercado. Hasta ahora los ciudadanos son los que han pagado sus costes y los poderosos no han guardado ni las facturas.

