Se ha hablado mucho de Homeland como la mejor serie de 2011, aunque tampoco han faltado los comentarios más escépticos de que se trata de una serie sobrevalorada. Yo me encuentro en el primer grupo, en el que piensa que estamos ante una serie excepcional. Es el primer ejercicio televisivo de desmontar la creación del héroe post 11 de septiembre. En este sentido, es más que un thriller político, es una serie política que ofrece una lectura alternativa de la guerra contra el terrorismo.
En su panfleto Declaración, Hardt y Negri llaman la atención sobre cómo en las últimas décadas los militares se han convertido en objetos de veneración nacional. Los autores apuntan a que esta veneración hacia los soldados en uniforme responde a una militarización creciente de la sociedad. La suspensión de la legalidad internacional experimentada en Guantánamo o las fotografías de la humillación y la tortura de Abu Ghraib no han cambiado esta percepción. Los soldados participantes en guerras ilegales son convertidos inmediatamente en héroes y cualquier crítica al ejército es descalificada por ser antipatriota.
Por eso, Homeland resulta tan valiente. Se pone en cuestión que el soldado es un héroe. Probablemente, esto ya se ha visto antes. Lo que sí resulta inédito es que no sólo se cuestiona la heroidad del soldado vuelto a casa, sino que se plantea la posibilidad de que el soldado sea el villano. El discurso bipolar de Bush (o con nostros o contra nosotros) se desdibuja y muestra su artificialidad. Homeland obliga a mirar hacia el hogar, hacia nuestro lugar de nacimiento y no hacia un lugar extraño que conocemos sólo a través de los medios de comunicación. El enemigo está dentro de nosotros. No es algo externo.
Otro aspecto destacable es la construcción social (mediática y política) del héroe. A lo largo de la primera temporada, el discurso público y el privado (o oculto) colisionan y se contradicen. Como espectadores asistimos a la falsedad de la representación pública del héroe que regresa a casa. Sin embargo, la veneración hacia el militar no desaparece. Todo lo contrario: es fortalecida. Sospechar sobre la heroicidad supone alterar la totalidad de la ilusión sobre la que se construye la sociedad actual. Es hacer posible lo imposible. Hasta ese momento ni siquiera se podía cuestionar semejante verdad. De ahí que la analista de la CIA que investiga el caso se mueve hacia la locura. Su enfermedad nos revela, a su vez, una sociedad enferma.
Asistimos ya desde el primer capítulo a la construcción del héroe. El soldado Brody es mostrado tal y como es encontrado, prisionero en manos de Al-Qaeda, sucio, con pelo largo y desaliñado. Tras afeitarse y recuperar su apariencia física normal, descubrimos que en su casa, en su espacio privado, su comportamiento revela cierta anormalidad. Llega el momento: el soldado se siente preparado. Se arregla, se coloca su uniforme, impecable, sale de su casa (hacia el espacio público) y se queda en el umbral de la puerta. Los periodistas se aproximan y los fotógrafos retratan al héroe. El circo mediático ya está en marcha. La veneración nacional hacia el militar uniformado no ha hecho más que empezar.
Ante nuestros ojos, descubrimos cómo se construye un héroe. Pero Homeland provoca nuestra inquietud con un interrogante: ¿un héroe para quién?

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