En el 2004 Samuel Huntington, conocido por ser el teórico del
‘choque de civilizaciones’, escribió el artículo ‘El reto hispano’ sobre la
amenaza que conllevaban los hispanos para la cultura norteamericana. El autor
alertaba de que la inmigración latina poseía una serie de características
distintivas que la hacían peligrosa: la contigüidad entre México y Estados
Unidos, la enorme cantidad de inmigrantes (muchos, irregulares) o su
concentración en determinadas regiones (como Miami). Huntington apenas puede
vivir con la idea de que en el 2050 el 25 % de la población sea hispana y teme
que Estados Unidos no vaya a ser capaz de asimilar a los hispanos. De ser así,
desaparecería la cultura norteamericana, arraigada en los valores fundacionales
anglo-protestantes.
En 1998, George Bush agradeció su victoria al ser elegido como gobernador de Tejas con unas palabras en español dedicadas a sus ‘amigos hispanos’ por su apoyo. Se trataba de un reconocimiento de la importancia de incluir al electorado hispano para obtener una victoria en las urnas. Sin embargo, unas palabras en español son, en la actualidad, insuficientes para contar con el voto latino. El partido republicano ha terminado por pagar su dura retórica contra la inmigración, culminada con la Ley de Arizona. Los republicanos han convertido al inmigrante indocumentado en un criminal y en sospechoso a cualquiera que parezca hispano.
Para entender el fracaso republicano en su intento de atraer el voto latino,
pensemos en uno de sus principales políticos: Marco Rubio. Hijo de exiliados
cubanos y nacido en Miami, Rubio simboliza la línea dura en política migratoria:
tolerancia cero contra la inmigración irregular y defensa acérrima del inglés
como lengua oficial, siguiendo la filosofía del ‘sólo inglés’. No obstante, a la
hora de captar el voto latino, Rubio se dirige a los hispanos en su impecable
español para pedir su ayuda contra Obama. ¿Paradójico? No, es la maquinaria
asimilacionista para imponer una única identidad norteamericana combinada con la
maquinaria electoral para intentar diferenciar y captar el voto. No resulta
extraño que, con estas contradicciones, Florida abandonara su tradición
republicana para apoyar masivamente a Obama, quien ha sabido, además,
implementar una política más flexible hacia Cuba.
El fracaso republicano en su atención al voto latino no es contrarrestado, precisamente, por grandes aciertos en las filas demócratas. Pensemos ahora en Julián Castro, el ‘Obama latino’, cuya abuela llegó desde México a Estados Unidos y su madre fue una activista política y fundadora del partido ‘Raza Unida’ para obtener más derechos para los mexicanos-americanos. Castro ha sido señalado como el representante del auge político hispano en EEUU y una personificación del sueño americano. Castro habla a los americanos y también a los hispanos, para asegurar su representatividad y su voto. Eso sí, hay una cuestión importante. Cuando Castro habla a los hispanos lo hace en inglés, porque no sabe hablar español. ¿Paradójico? Sí. Aunque Castro no aboga por el inglés como lengua oficial y sí por mayores oportunidades educativas y económicas para los hispanos, es el vivo ejemplo de cómo el asimilacionismo funciona en la práctica.
El partido demócrata ha sabido tomar medidas que, sin revolucionar el sistema, han satisfecho al electorado hispano, como la reforma sanitaria o el ‘acta del sueño’, dirigida a los hijos de inmigrantes irregulares para facilitar su educación superior. Con todo, el principal mérito de Obama ha sido promover que se registren más hispanos para que así puedan votar (le). De este modo, el censo electoral contribuye a que los electores (y quizás los elegidos) representen mejor la sociedad existente, con su pluralidad y contradicciones. Y, al mismo tiempo, los hispanos pueden adquirir mayor conciencia política.
El fracaso republicano en su atención al voto latino no es contrarrestado, precisamente, por grandes aciertos en las filas demócratas. Pensemos ahora en Julián Castro, el ‘Obama latino’, cuya abuela llegó desde México a Estados Unidos y su madre fue una activista política y fundadora del partido ‘Raza Unida’ para obtener más derechos para los mexicanos-americanos. Castro ha sido señalado como el representante del auge político hispano en EEUU y una personificación del sueño americano. Castro habla a los americanos y también a los hispanos, para asegurar su representatividad y su voto. Eso sí, hay una cuestión importante. Cuando Castro habla a los hispanos lo hace en inglés, porque no sabe hablar español. ¿Paradójico? Sí. Aunque Castro no aboga por el inglés como lengua oficial y sí por mayores oportunidades educativas y económicas para los hispanos, es el vivo ejemplo de cómo el asimilacionismo funciona en la práctica.
El partido demócrata ha sabido tomar medidas que, sin revolucionar el sistema, han satisfecho al electorado hispano, como la reforma sanitaria o el ‘acta del sueño’, dirigida a los hijos de inmigrantes irregulares para facilitar su educación superior. Con todo, el principal mérito de Obama ha sido promover que se registren más hispanos para que así puedan votar (le). De este modo, el censo electoral contribuye a que los electores (y quizás los elegidos) representen mejor la sociedad existente, con su pluralidad y contradicciones. Y, al mismo tiempo, los hispanos pueden adquirir mayor conciencia política.
El reto hispano no es, como pensaba Huntington, un reto para
que los norteamericanos salvaguarden su identidad nacional. De hecho, la
asimilación sigue vigente en republicanos y demócratas en figuras como Rubio y
Castro. El reto hispano está destinado a mejorar la calidad de la democracia y
la relación entre representantes y representados. Por ahora, Obama ha conseguido
el voto latino mediante buenas intenciones. Sería deseable que el voto hispano
no se limitara a elegir entre demócratas y republicanos, sino también a exigir
políticas que respeten la diversidad y no criminalicen a los inmigrantes. No
sólo Estados Unidos saldría ganando.

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