Mientras que el caso Bárcenas confirma el carácter generalizado
de la corrupción y abre otra puerta más a la desafección de los ciudadanos hacia
la política, conviene recordar que el 15M supo colocar en la agenda pública un
tema fundamental: la relación (o falta de la misma) entre políticos y
ciudadanos. «No nos representan» puede interpretarse de muchas maneras, pero es,
ante todo, un modo de subrayar que los intereses de los políticos no deben
desplazar a los de los ciudadanos. Esta semana, Ana Botella y Soraya Sáenz de
Santamaria nos han ofrecido su propia visión de los lazos entre políticos y
ciudadanos.
Empecemos con la alcaldesa de Madrid. Botella parte de la continuidad existente entre políticos y ciudadanos: «Los políticos somos reflejo de la sociedad, no somos alguien que surja por generación espontánea». La sociedad tendría, pues, los políticos que se merece y para mejorar la clase política, habría que mejorar primero la sociedad. Botella, más radical que Aguirre a la hora de exigir a los políticos una profesión antes de acceder a un cargo público, señaló el problema de origen: la juventud. No sólo debe exigirse una profesión a los políticos, sino que la juventud con potencial político debería tener una formación académica.
Botella, al proponer la supresión de Nuevas Generaciones, mostró abiertamente su falta de aprecio por la labor política realizada por los jóvenes: «Cuando los veo, les pregunto, qué haces aquí, en lugar de estar trabajando o estudiando». Buena pregunta con respuesta incorporada: perdiendo el tiempo o preparando una carrera política para (en el mejor de los casos) llegar a la Alcaldía de Madrid cono número dos de la lista (cerrada) electoral de su partido. Botella, radicalizando ahora el 15M, está de acuerdo en que los ‘políticos de profesión’ no nos representan y que las vías institucionales de participación política son ineficaces. En su caso, porque éstas entran en contradicción con la necesidad de los jóvenes de seguir estudiando para ser alguien en la vida.
Las agrupaciones juveniles de los partidos deberían ser esenciales en cualquier sistema democrático: favorecen la participación temprana en la política, son instrumentos de movilización y, al no ser todavía parte de la maquinaria del poder, podrían jugar un papel crítico con los mayores del partido por medio del debate de ideas y la renovación del lenguaje político. Con toda probabilidad, las nuevas generaciones no cumplen esta función. Sin embargo, como bien indicó Javier Ruiz en la noche de Ana Ibáñez, esta función sí que la desempeña el 15M, al menos a la izquierda. La juventud de derechas se quedaría sin organizar política pero, gracias a Botella, estudiarían mucho más.
Por su parte, Sáenz de Santamaría usó un enfoque diferente para estrechar los vínculos entre políticos y ciudadanos durante la presentación del convenio para la creación del fondo social de vivienda. Santamaría se esforzó en combinar la ‘excelencia profesional’ con el lado sentimental. A diferencia de Botella, y su opinión de que la sociedad se refleja en la clase política, Santamaría piensa que la clase política debe reflejar la sociedad. El Gobierno tiene que tener la mitad de coraje, en sus propias palabras, que quienes se van a acoger al convenio y tienen un niño de 3 años. E, incluso, podríamos apurar más la formulación y decir que para Santamaría el Gobierno reflejaría a los más vulnerables de la sociedad e incluso convertirse en uno de ellos: «Esto nos puede pasar a cualquiera. Quiero saber, mes a mes, si esas llaves son las de la puerta de la esperanza». Aún así, todos sabemos que esto no le pasa a cualquiera.
Con un tono más sobreactuado pero con menos lágrimas, Santamaría repitió la actuación de la ministra de Trabajo del Gobierno tecnócrata italiano, Elsa Fornero, cuando anunció el plan de austeridad. Se trata así de darle emoción a la política y de convencer a los ciudadanos, con una actitud bastante paternalista, de que los políticos sufren por y con ellos. Desgraciadamente, la identificación ciudadana no se crea, sin más, mediante las palabras de empatía en boca de una política, sino que surge de los propios ciudadanos, quienes deben reconocerse, como padres de niños de 3 años, en la vicepresidenta. Ni la emoción surge porque Santamaría diga que se ha puesto sentimental. El 15M sí mostró un modo alternativo de conjugar emoción y política, entre otras cosas porque muchos se reconocieron como padres de niños de 3 años en situación precaria o porque muchos jóvenes pensaron que era mejor estudiar y participar en las asambleas en lugar de ser miembro de las nuevas generaciones.
Ni Botella (sin intentarlo) ni Santamaría (intentándolo) han entendido la relación entre políticos y ciudadanos ni han aprendido nada del 15M. Por ejemplo: ser político no debe convertirse en un modo de vida (de acuerdo con Botella) y, aun más importante, hacer política no debería corresponderle sólo a los políticos; pensar en que los políticos trabajen antes de prestar un servicio público temporal es menos fructífero que mirar los puestos de dirección que ocupan tras abandonarlos cargos de responsabilidad; las llaves de la puerta de la esperanza deben cogerse tras preguntar antes qué y quién nos espera detrás de la puerta.
Con todo, lo más significativo es que en ambas comparecencias
las afirmaciones de Botella y Santamaría fueron acogidas con risas por parte de
los asistentes. Sin duda, la mejor explicación para comprender la relación
actual entre políticos y ciudadanos.
