miércoles, 6 de marzo de 2013

La calle y el Congreso

Artículo aparecido en el diario La Rioja el 3 de marzo de 2013

La crisis política, provocada por la corrupción y la incapacidad de los gobernantes para gobernar, ha favorecido la aparición de voces críticas procedentes de la sociedad civil o incluso de los propios partidos políticos. Este fenómeno es sano y debe ser saludado. Enriquece, sin duda, la esfera pública. Otra cosa es el gusto de los medios por exponer en exceso a estos nuevos protagonistas políticos durante el breve lapso de tiempo marcado por la ‘agenda de la actualidad’. Así lo hemos visto recientemente con la coincidencia de dos nuevas figuras públicas, Aida Colau y Beatriz Talegón, en casi todos los programas televisivos.

Las reacciones ante el espacio abierto por Colau y Talegón han sido variadas, desde quienes han visto en ellas a ‘las voces a ras de suelo’ (Maruja Torres) a quienes hablan de ‘esperpento populista’ (Salvador Sostres). Es sintomático que cada vez sea más común calificar de populista o demagoga cualquier declaración que contradice la agenda política oficial e introduce la opinión de los ciudadanos. Ahora decir ‘populista’ no es suficiente. Hay que destacar que es un ‘esperpento’ para que no quepa duda que sólo se sale de la crisis si se mejoran las condiciones de los emprendedores y no si se aseguran los derechos (básicos) de los ciudadanos. Por otro lado, bien es cierto que estamos ante voces que contradicen el monólogo político. Esto es lo que hace más interesante escuchar a Beatriz Talegón y Aida Colau que a Soraya y Soraya.


Acertadas fueron las palabras de Talegón a la hora de mostrar la brecha abierta entre políticos y ciudadanos mediante su queja: «¡Cómo pretendemos remover la revolución desde un hotel de cinco estrellas!». Curiosamente, lo que más llamó la atención fue que se mencionara la palabra ‘revolución’ en el contexto de la internacional socialista. No deja de ser significativo que la palabra ‘revolución’ ya no se use políticamente y que no se considere parte del bagaje socialista. Hasta donde yo sé (y el diccionario me avala en esto, no el de la RAE, pero sí el diccionario Clave, por ejemplo), revolución significa también «cambio rápido y profundo», lo cual no estaría mal como respuesta a la crisis en lugar de insistir en recortes sociales y mayores ajustes.

Como la revolución no se hace en los hoteles de cinco estrellas, Beatriz Talegón, acompañada por López Aguilar, fue a la calle para participar en una manifestación. Sin embargo, tuvo que abandonarla, escoltada por la policía, al ser increpada por algunos de los manifestantes. Talegón, en su discurso, no había criticado a los políticos, sino a los líderes, los responsables de la crisis, con la esperanza de que algo cambiara dentro del partido. Los manifestantes, en cambio, no distinguieron entre militantes de base y líderes ni creyeron que unos fueran más responsables que otros. ¿Hubiera sido preferible que hubieran abucheado a los líderes? Sí, pero éstos seguían en hotel y la joven secretaria de la Internacional Socialista era su única representante. Talegón simboliza la imposibilidad del PSOE de volver a la calle, de integrarse entre la voz de los ciudadanos.

 
El recorrido de Aida Colau es el inverso: de las protestas en las calles para frenar los desahucios al Congreso de los Diputados. La presión social fue tan fuerte que obligó al PP a cambiar su posición y aceptar la Iniciativa Legislativa Popular, avalada por casi millón y medio de ciudadanos, para regular la dación en pago y paralizar los desahucios. Levantó polvareda otra palabra, ‘criminal’, aplicada a la banca, pero poco se dijo sobre el cuestionamiento certero de Colau acerca del papel de expertos atribuido a los representantes de las entidades financieras, ya que no conviene olvidar que no son meros expertos sino partes interesadas en influir en una legislación favorable y en evitar asumir responsabilidades de la situación que ellos mismos han propiciado.

Pero el día en que se aceptó la ILP, Colau, junto con otros miembros de la PAH, fueron expulsados del Congreso. Las palabras pronunciadas por el diputado popular, Teodoro García, desde la tribuna, situando al PP «junto a los ciudadanos», fueron respondidas por indignación y gritos de «Sí, se puede». Lo más revelador tras el desalojo fue la pregunta formulada por una de las representantes de la Mesa del Congreso: «Sí se puede ¿qué?» No se puede tener menos comprensión sobre lo que está pasando. ¿Acaso alguien no entiende que es lo que los ciudadanos quieren expresar con el «sí, se puede»? Parece que sí y que esa persona está en la Mesa del Congreso, representando a los ciudadanos. Colau, desalojada, simboliza la imposibilidad de la iniciativa ciudadana de ser parte del Congreso e integrarse entre las instituciones que sustentan el sistema representativo.

En otro momento político, ni Beatriz Talegón debería ser obligada a abandonar una manifestación ni Aida Colau debería ser expulsada del Congreso. Pero no es éste el momento. La desconfianza de los ciudadanos hacia los políticos no es mayor que la de los políticos hacia los ciudadanos. Los dos grandes partidos siguen empeñados en que son los ciudadanos quienes no entienden sus decisiones y no se les pasa por la cabeza que son ellos quienes no entienden a los ciudadanos. Por eso, es necesario que nuevas voces aparezcan ante la opinión pública. En medio de un agotador intercambio parlamentario a ritmo del «Y tú, más», es de agradecer que surja lo imprevisto y alguien hable de ‘criminal’ o de ‘revolución’, mientras que otra persona desde la Mesa del Congreso se pregunte de nuevo: «Sí se puede, ¿qué?»

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