En su canción
‘Parva que sou’ (‘Pero qué estúpida soy’) el grupo portugués Deolinda reflexiona
sobre el problema de la actual generación sin remuneración: “Me da por pensar,
qué mundo tan estúpido, en el que para ser esclavo es necesario estudiar”.
Pocas palabras reflejan mejor la contradictoria situación que estamos viviendo.
La generación mejor formada va a ser la generación más explotada. Hablar de
‘generación perdida’ explica tan sólo una parte: los jóvenes cualificados no
van a encontrar un trabajo que satisfaga sus expectativas. Pero olvida otra más
importante: los jóvenes van a compartir condiciones socioeconómicas de ‘esclavitud’
similares a las de tantos otros grupos sociales. Todos ellos conforman el
precariado.
El término
‘precariado’ está compuesto por la combinación de ‘precariedad’ y
‘proletariado’. La existencia de nuevas condiciones de explotación
socioeconómica (la precariedad) conlleva la aparición de un nuevo sujeto (el precariado),
que, a diferencia del proletariado, no se restringe únicamente a la clase
obrera. La idea surge hace poco más de una década en el ámbito académico (el
concepto es acuñado por Robert Castel y es desarrollado en España por Rafael
Díaz-Salazar) y en el del activismo altermundial. Poco a poco, las referencias
al precariado en los medios de comunicación aparecen con mayor frecuencia. La
Real Academia de la Lengua no se hace todavía eco del término, aunque sí define
‘precarizar’ como “convertir algo, especialmente el empleo, en precario,
inseguro o de poca calidad”. El precariado es el sujeto que sufre, por tanto, el proceso de precarizarción. Un proceso
acentuado por los reajustes sociales implementados como respuesta a la crisis.
En España, hemos
visto cómo los ciudadanos han reaccionado a la crisis. Si el año 2011 queda
marcado por el surgimiento de un movimiento inédito de protesta cívica contra
la clase política, 2012 pone ante los ojos de la opinión pública los múltiples
rostros que componen el precariado. Mientras que los indignados reflejan una
nueva conciencia política dirigida a democratizar el sistema, las protestas
sociales a lo largo de 2012 reflejan la existencia de una clase social. A pesar
de manifestarse de forma fragmentaria, el precariado comparte un sentimiento de
vulnerabilidad originado en la falta de seguridad.
El gobierno del
PP ha impuesto un nuevo modo de hacer política. Mariano Rajoy lo sintetiza con
una frase involuntariamente cómica: “No he cumplido mis promesas electorales
pero al menos tengo la sensación de haber cumplido con mi deber”. Para el
presidente, el compromiso asumido con los votantes es irrelevante. Lo
importante es cumplir con su deber. Pero, ¿qué deber? La aplicación de las
reformas de ajuste dictadas por la troika (la Comisión Europea, el Banco
Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). El precariado refleja la
paradoja abierta por el vacío entre la promesa y el deber. Por un lado, el
marco de acción sigue siendo nacional (donde se incumplen las promesas
electorales) y, por otro, el empeoramiento de las condiciones socioeconómicas
se produce en el terreno global (donde Rajoy cumple su deber). En otras
palabras, el capitalismo actual requiere políticas de ajuste que obedecen a los
intereses del mercado global y no de los ciudadanos.
De ahí que los
ciudadanos reaccionaran en 2011 al constatar que el ‘deber’ de los políticos no
tenía nada que ver con ellos. El ‘deber’ se ha ido traduciendo en una
progresiva precarización de los ciudadanos. Ya no se trata sólo de los
trabajadores con salarios bajos, los parados (cuyo número no para de crecer),
las jóvenes, cualificados o no, los inmigrantes indocumentados, sino también de
la llamada clase media. Efectivamente, el endeudamiento y los recortes y
privatizaciones en el sector público han desvelado la inestabilidad sobre la
que se asentaba la clase media española. Es muy fácil hablar del tópico “vivir
por encima de nuestras posibilidades” cuando, en realidad, lo que está pasando
es que las posibilidades de vida de los ciudadanos se están mermando.
El precario no
está totalmente excluido del sistema, ya que su inclusión dentro del mismo
asegura su extrema vulnerabilidad. La reforma laboral ha contribuido a ello.
Las condiciones para quienes buscan acceder y mantenerse en el mercado laboral
han empeorado. La precariedad es el precio que hay que pagar para formar parte
del sistema y tener un trabajo. Propuestas como los minijobs son una buena
prueba: mejor un trabajo mínimo que ningún trabajo. Lejos van a quedar los
derechos laborales cuando el trabajo se convierta en una necesidad para
sobrevivir. Los parados sufrirán los
problemas derivados del desempleo, mientras que los trabajadores experimentarán
el temor a perder sus empleos y accederán a peores condiciones.
Los ciudadanos han
respondido y han ocupado las calles e incluso han rodeado el Parlamento. La
Plataforma de Afectados por la Hipoteca, con un enorme respaldo público, se ha
convertido en el movimiento más significativo. La PAH ha denunciado la lógica
capitalista basada en el endeudamiento de los ciudadanos y sus dramáticas
consecuencias, que en última instancia han llevado al suicidio. Y hay más
ejemplos: la defensa por la educación pública, el pulso mantenido por los
profesionales sanitarios contra los recortes, el rechazo de los funcionarios a
la pérdida de derechos (lo que ahora se llama privilegios). Todos ellos se han
manifestado, incluso de manera conjunta mediante mareas de colores para
visualizar la pluralidad de luchas y grupos opuestos a la interiorización de
las políticas de recortes como única salida a la crisis.
El precariado, según
el economista Guy Standing, puede devenir una clase peligrosa, dado que su
malestar y enfado puede ser aprovechado por populistas y demagogos. Los
políticos dan una vuelta de tuerca a este peligro: la manifestación de
sentimientos anti-políticos puede fácilmente llevar al fascismo. Los políticos
no entienden que el malestar surge de la precariedad y ésta, curiosamente, se
genera por las actuales políticas económicas y sociales. Lo preocupante es que
los políticos sean anti-ciudadanos, porque ello podría llevar a un gobierno
tecnocrático no democrático. No se trata de evitar que el precariado se
convierta en una clase peligrosa, sino de evitar que se convierta en una clase.
Paradójicamente, las políticas económicas promueven tanto la precarización como
sus riesgos.


