Artículo aparecido en el diario La Rioja el 31 de marzo de 2013
Hay puertas que se pueden abrir. Un agente de policía de Ceuta narraba
la dureza de los desalojos, sobre todo cuando hay niños de por medio,
que recogen sus juguetes y preguntan a sus padres por qué tienen que
abandonar su habitación. Con todo, el agente consideraba que tenía que
cumplir con su obligación y que, de no hacerlo, cometería un delito. El
Estado posee el poder de coacción para imponer su criterio (obligando a
alguien a hacer algo que no quiere) o de coerción (usando la fuerza en
el caso de que no se acepte). Policías, bomberos o cerrajeros pueden
ejecutar la orden de desahucio. Esto implica una desigualdad esencial:
cualquier movimiento contrario a la legislación existente se enfrenta
con la asunción de que existen usos legítimos e ilegítimos de la
violencia.
También hay puertas que no se abren. Los diputados del PP han sido
increpados y perseguidos por las calles. Lo llaman escrache, el método
de protesta aplicado por la Plataforma de Afectados por la Hipoteca como
medida de presión para que los políticos del PP apoyen las demandas de
la ILP. Es difícil decir que los manifestantes emplean la coacción (dudo
que la presión en las calles vaya a obligar a los diputados a votar en
un sentido u otro) y lejos está de su intención usar la violencia para
que se ejerza su voluntad.
No sorprende, sin embargo, que las acciones emprendidas por los
movimientos sociales pronto sean tildadas de ilegítimas, violentas,
antidemocráticas, etc. Las formas de protesta suelen ser puestas bajo
sospecha: las huelgas, porque los piquetes informativos privan a quienes
quieren trabajar de su libertad de elección; o la ocupación de las
plazas porque perjudica al comercio y supone un riesgo para la higiene
publica. Cualquier desafío al cumplimiento de las normas que rigen el
comportamiento cotidiano pronto es percibido como criminal por el orden
existente. El elemento de protesta (o rebelión) que provoca la
desobediencia (muchas veces temporal o simbólica) de las normas se
pierde en el momento en que es presentado como un delito.
El escrache es un modo organizado de protesta ciudadana para denunciar
la responsabilidad de los políticos. Se puede afirmar que contiene
elementos fácilmente censurables (los hijos de González Pons o los
insultos de ‘asesino’) pero no que es en sí una acción ‘violenta’. Es un
acto público que transmite a los políticos la incomodidad que
probablemente no tendrán si aprietan el botón rojo para rechazar la ILP.
No es un acto espontáneo sino perfectamente organizado. El malestar de
los ciudadanos es, de hecho, canalizado políticamente.
La legitimidad del escrache reside en las personas que lo
practican: aquellos que, parafraseando a John Locke, recurren al derecho
a la resistencia cuando el gobierno no cumple los fines que se le han
encomendado. El escrache, además, remite a otras luchas sociales como
fue el señalamiento público de responsables directos de la dictadura
argentina que paseaban impunes entre el resto de ciudadanos. Es un
mecanismo de reclamar justicia cuando ésta se muestra arbitraria e
injusta. El paralelismo con la PAH es claro: se trata de que los
políticos asuman su responsabilidad sobre las condiciones de vida de los
gobernados. Si hay excesos en su aplicación, no deberían suponer un
rechazo al modo de protesta ni mucho menos a todo el movimiento.
Y, sin embargo, el PP, que niega cualquier similitud con lo que
sucedía en Argentina, se esfuerza en comparar los escraches con la
kaleborroka y algunos comentaristas insinúan que les recuerda al acoso
de los nazis a los judíos. Los mismos a los que les molesta que les
griten ‘asesinos’ se dedican a tachar a los miembros de la PAH de
terroristas. Probablemente, el PP piensa que deslegitimar los escraches
es el modo mas fácil para deslegitimar a toda la organización y sus
demandas. Dejando a los escraches desprovistos de aquello que les da
sentido (la asunción por parte de los políticos de su responsabilidad),
ya sólo queda hablar de violencia, coacción o acoso.
Cuando los populares consideran los escraches antidemocráticos y a
las demandas de la PAH, por extensión, ilegítimas, cometen el error de
menospreciar las causas que generan la protesta. Como señala el
economista Christian Marazzi, todas las explicaciones económicas sobre
la crisis (y vemos a muchos expertos hablando de prima de riesgo,
inversiones, necesidad de ajustes, déficit) pasan por alto que la crisis
(y las medidas destinadas a superarla) contribuye a la composición de
clases sociales. Actualmente asistimos a la emergencia de una clase
social: una generación precaria, endeuda, desahuciada.
Los políticos pueden seguir mirando a otro lado, aunque los
escraches se lo pongan difícil. Ganar las elecciones no da derecho a no
escuchar a los ciudadanos, sobre todo cuando son ellos quienes están
padeciendo las consecuencias de las medidas de recuperación económica.
Si la PAH ha demostrado ser capaz de ganarse el apoyo de los ciudadanos,
ahora está denunciando que el Gobierno no gobierna para sus ciudadanos.
El escrache refleja esa desigualdad de medios (las puertas que se
derrumban y las que no), así como la existencia de dos tipos de
legitimidad (la del derecho del Estado a desahuciar y la del ciudadano a
no vivir hipotecado). Sabemos que hay una nueva clase precaria, pero no
por las leyes que se están aprobando en el Parlamento, sino porque, con
ILP y escraches, está protestando en la calle.

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