viernes, 26 de abril de 2013

Precariado

Artículo aparecido en el Anuario 2012 del diario La Rioja

En su canción ‘Parva que sou’ (‘Pero qué estúpida soy’) el grupo portugués Deolinda reflexiona sobre el problema de la actual generación sin remuneración: “Me da por pensar, qué mundo tan estúpido, en el que para ser esclavo es necesario estudiar”. Pocas palabras reflejan mejor la contradictoria situación que estamos viviendo. La generación mejor formada va a ser la generación más explotada. Hablar de ‘generación perdida’ explica tan sólo una parte: los jóvenes cualificados no van a encontrar un trabajo que satisfaga sus expectativas. Pero olvida otra más importante: los jóvenes van a compartir condiciones socioeconómicas de ‘esclavitud’ similares a las de tantos otros grupos sociales. Todos ellos conforman el precariado.

El término ‘precariado’ está compuesto por la combinación de ‘precariedad’ y ‘proletariado’. La existencia de nuevas condiciones de explotación socioeconómica (la precariedad) conlleva la aparición de un nuevo sujeto (el precariado), que, a diferencia del proletariado, no se restringe únicamente a la clase obrera. La idea surge hace poco más de una década en el ámbito académico (el concepto es acuñado por Robert Castel y es desarrollado en España por Rafael Díaz-Salazar) y en el del activismo altermundial. Poco a poco, las referencias al precariado en los medios de comunicación aparecen con mayor frecuencia. La Real Academia de la Lengua no se hace todavía eco del término, aunque sí define ‘precarizar’ como “convertir algo, especialmente el empleo, en precario, inseguro o de poca calidad”. El precariado es el sujeto que sufre, por tanto, el  proceso de precarizarción. Un proceso acentuado por los reajustes sociales implementados como respuesta a la crisis.


En España, hemos visto cómo los ciudadanos han reaccionado a la crisis. Si el año 2011 queda marcado por el surgimiento de un movimiento inédito de protesta cívica contra la clase política, 2012 pone ante los ojos de la opinión pública los múltiples rostros que componen el precariado. Mientras que los indignados reflejan una nueva conciencia política dirigida a democratizar el sistema, las protestas sociales a lo largo de 2012 reflejan la existencia de una clase social. A pesar de manifestarse de forma fragmentaria, el precariado comparte un sentimiento de vulnerabilidad originado en la falta de seguridad.

El gobierno del PP ha impuesto un nuevo modo de hacer política. Mariano Rajoy lo sintetiza con una frase involuntariamente cómica: “No he cumplido mis promesas electorales pero al menos tengo la sensación de haber cumplido con mi deber”. Para el presidente, el compromiso asumido con los votantes es irrelevante. Lo importante es cumplir con su deber. Pero, ¿qué deber? La aplicación de las reformas de ajuste dictadas por la troika (la Comisión Europea, el Banco Central Europeo y el Fondo Monetario Internacional). El precariado refleja la paradoja abierta por el vacío entre la promesa y el deber. Por un lado, el marco de acción sigue siendo nacional (donde se incumplen las promesas electorales) y, por otro, el empeoramiento de las condiciones socioeconómicas se produce en el terreno global (donde Rajoy cumple su deber). En otras palabras, el capitalismo actual requiere políticas de ajuste que obedecen a los intereses del mercado global y no de los ciudadanos. 

De ahí que los ciudadanos reaccionaran en 2011 al constatar que el ‘deber’ de los políticos no tenía nada que ver con ellos. El ‘deber’ se ha ido traduciendo en una progresiva precarización de los ciudadanos. Ya no se trata sólo de los trabajadores con salarios bajos, los parados (cuyo número no para de crecer), las jóvenes, cualificados o no, los inmigrantes indocumentados, sino también de la llamada clase media. Efectivamente, el endeudamiento y los recortes y privatizaciones en el sector público han desvelado la inestabilidad sobre la que se asentaba la clase media española. Es muy fácil hablar del tópico “vivir por encima de nuestras posibilidades” cuando, en realidad, lo que está pasando es que las posibilidades de vida de los ciudadanos se están mermando.

El precario no está totalmente excluido del sistema, ya que su inclusión dentro del mismo asegura su extrema vulnerabilidad. La reforma laboral ha contribuido a ello. Las condiciones para quienes buscan acceder y mantenerse en el mercado laboral han empeorado. La precariedad es el precio que hay que pagar para formar parte del sistema y tener un trabajo. Propuestas como los minijobs son una buena prueba: mejor un trabajo mínimo que ningún trabajo. Lejos van a quedar los derechos laborales cuando el trabajo se convierta en una necesidad para sobrevivir.  Los parados sufrirán los problemas derivados del desempleo, mientras que los trabajadores experimentarán el temor a perder sus empleos y accederán a peores condiciones.


Los ciudadanos han respondido y han ocupado las calles e incluso han rodeado el Parlamento. La Plataforma de Afectados por la Hipoteca, con un enorme respaldo público, se ha convertido en el movimiento más significativo. La PAH ha denunciado la lógica capitalista basada en el endeudamiento de los ciudadanos y sus dramáticas consecuencias, que en última instancia han llevado al suicidio. Y hay más ejemplos: la defensa por la educación pública, el pulso mantenido por los profesionales sanitarios contra los recortes, el rechazo de los funcionarios a la pérdida de derechos (lo que ahora se llama privilegios). Todos ellos se han manifestado, incluso de manera conjunta mediante mareas de colores para visualizar la pluralidad de luchas y grupos opuestos a la interiorización de las políticas de recortes como única salida a la crisis.

El precariado, según el economista Guy Standing, puede devenir una clase peligrosa, dado que su malestar y enfado puede ser aprovechado por populistas y demagogos. Los políticos dan una vuelta de tuerca a este peligro: la manifestación de sentimientos anti-políticos puede fácilmente llevar al fascismo. Los políticos no entienden que el malestar surge de la precariedad y ésta, curiosamente, se genera por las actuales políticas económicas y sociales. Lo preocupante es que los políticos sean anti-ciudadanos, porque ello podría llevar a un gobierno tecnocrático no democrático. No se trata de evitar que el precariado se convierta en una clase peligrosa, sino de evitar que se convierta en una clase. Paradójicamente, las políticas económicas promueven tanto la precarización como sus riesgos.

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