El gran valor de
la campaña consiste, precisamente, en contradecir la idea de que emigrar es una
decisión exclusivamente individual y que la buena fortuna en el extranjero
depende de los propios méritos del emigrante. La falta de voluntariedad se
explica por las políticas de austeridad y la extendida precariedad laboral que
crean unas condiciones estructurales que dificultan a los jóvenes encontrar un
trabajo digno (por no hablar de trabajo estable, o menos aun, fijo). Esto hace
que los jóvenes se planteen abandonar el país como una necesidad laboral y no
como una decisión individual debida a su propio deseo de emigrar. Por otro
lado, la precariedad no termina en el terreno nacional, sino que se experimenta
en el extranjero también. Esto se opone al imaginario del emigrante-turista,
potenciado por ‘Españoles en el mundo’, donde historias de éxito personal son
acompañadas por postales turísticas de los países de acogida. La campaña de “No
nos vamos” muestra otras biografías que reflejan mejor las condiciones reales
que tienen que afrontar los emigrantes, sobre todo si tenemos en cuenta que los
primeros meses o años suelen ser duros.
Creo, además, que
la idea de la campaña supone un cuestionamiento del modo en que se ha tratado
de entender la inmigración en el marco europeo. La Unión Europea, con una
estrategia de Lisboa renovada basada en el crecimiento, la productividad y el empleo,
intentó promover un tipo de inmigración laboral a la demanda. Para aumentar la
competitividad económica (y responder al desafío de la evolución demográfica),
la UE debía ser atractiva para inmigrantes altamente cualificados que
contribuirían al crecimiento económico y a la productividad nacional.
Después de la
crisis económica, la ilusión de que la inmigración podría controlarse para
incrementar el crecimiento y la productividad nacionales ha quedado claramente
desmentida. España, como país reciente de inmigración, ha visto cómo el número
de inmigrantes se ha reducido (además de aumentar el desempleo entre ellos).
Las altas tasas de desempleo han vuelto a hacer que la emigración sea la única alternativa
para algunos sectores de la población. Los jóvenes no abandonan España (salvo
en algunos casos) para ir a otros países donde se requiere mano de obra acorde
a sus cualificaciones, sino que se adaptan a los trabajos que encuentran en los
países de destino. La idea de que la inmigración se puede regular y controlar
según las demandas de los mercados laborales nacionales (con su enfoque en los
sectores altamente cualificados) fracasa estrepitosamente al encontrarse con
mercados laborales cuya oferta de trabajo (especialmente juvenil) es casi
inexistente y precaria.
Porque la palabra
clave para esta juventud sin futuro es la precariedad. La noción de ‘generación
perdida’ es un tanto ambivalente porque conlleva cierta pasividad: las
posibilidades de los jóvenes son desaprovechadas (perdidas) y la generación en
sí parece incapaz de encontrar su rumbo (como si fuera incapaz de revertir o
cambiar dicha situación). Es cierto que se está desaprovechando laboralmente a
una generación altamente cualificada pero esto es así debido a las condiciones
de precariedad socioeconómica que obligan a los jóvenes a aceptar cualquier
tipo de trabajo o a emigrar. Esta generación precaria no está sola, sino que
esta acompañada de muchos otros sectores de la población que viven en la precariedad
(también los jóvenes inmigrantes en España que son uno de los sectores más
afectados por la crisis).
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