domingo, 17 de noviembre de 2013

Memecracia: De la información real a la emoción viral

Reseña del libro Memecracia. Los Virales que nos gobiernan de Delia Rodríguez, editorial Gestión 2000. 2013, 206 páginas. Aparecida en el suplemento GPS del diario La Rioja el 15 de noviembre de 2013.

Contra la extendida idea de que Internet nos ofrece un espacio de libertad, Alex Galloway destaca que es más bien al contrario. Internet es, ante todo, un espacio de control, conseguido mediante la tecnología. De manera complementaria, Memecracia, de Delia Rodríguez, no se refiere a la tecnología (al menos, no directamente), sino a cómo las ideas contagiosas o memes controlan nuestras mentes. Éste es el gran valor del libro: en lugar de fomentar la creencia de que las ideas se limitan a circular libremente por Internet, ‘Memecracia’ nos alerta del abuso de las ideas contagiosas y los fenómenos virales que condicionan nuestra conducta, nuestros gustos y, en definitiva, nuestra capacidad de elección.

Con acierto, Rodríguez explica que los medios de comunicación, en su afán por entender y adaptarse a la nueva lógica desarrollada por Internet, se han transformado en medios de emoción. La función informativa ha sido reemplazada por la urgencia de contagiar ideas y conseguir la mayor repercusión posible, con independencia del valor del contenido. El periodismo actual abandona los contenidos más relevantes y costosos, como los reportajes, y se dedica a explotar la popularidad de las ideas contagiosas. Prueba de ello es que en sus ediciones online, los tweets de Bisbal o la última actuación de Miley Cyrus figuran entre las noticias más vistas por los internautas, desplazando noticias de mucho más calado.

Este loable carácter crítico del libro convive con otro más divulgativo, de manera que podemos identificar tres tipos de lectores: los periodistas, cuya función esencial es priorizar lo relevante y renunciar a lo intranscendente; los consumidores de memes, a quienes se les orienta sobre cómo ser más críticos; y los productores de memes, que cuentan con consejos para mejorar sus técnicas de difusión de memes (como se aprecia en el checklist, prescindible en mi opinión, sobre qué debe tener tu meme para triunfar). En Delia Rodríguez confluyen estas tres figuras y yo diría que el libro es mejor cuando acentúa el sentido crítico y no tanto cuando se recrea en algunos de los memes exitosos (como en el capítulo sobre los famosos).

Los casos usados son de naturaleza muy diversa. Los de entretenimiento pueden ser de todo tipo pero sobresalen los que usan la mezcla y la apropiación de imágenes para burlarse de los poderosos, como pasa con los memes sobre la familia real. Los de campañas (algunas falsas) de memes resultan atractivos por el conocimiento que la autora muestra sobre cómo se gestaron y difundieron. Los de acción política son, por su potencial, los más interesantes. La relectura del 15M como un fenómeno de producción de memes o la consideración del activismo creativo de grupos como Anonymous o Femen como guerreros del meme muestran cómo se pueden abrir espacios de resistencia y alterar la agenda política. 

Hay referencias a teorías estimulantes (como Augé o Lessig), aunque, por poner una pega, suele predominar la lectura biológica del comportamiento sobre la más sociológica (y de lo individual sobre lo colectivo). Con todo, ‘Memecracia’ contribuye con una visión original, y un nuevo vocabulario, para advertirnos del poder de control de las ideas contagiosas (y de quienes las controlan) y prepararnos para la guerra del meme.

miércoles, 6 de noviembre de 2013

Vivir sin miedo

El ministro de Economía y Competitividad, Luis de Guindos, lo afirma con contundencia: «En España estamos perdiendo el miedo a perder el empleo». Y basa su argumentación en el incremento de los indicadores de consumo. Algunos acusan al ministro de falta de sensibilidad o de pronunciar palabras desafortunadas. Yo, en cambio, creo que a De Guindos, errando por completo en su diagnóstico, hay que reconocerle su franqueza para desvelar el fundamento sobre el que se asienta el sistema: el miedo.

Como el filósofo canadiense Brian Massumi señala, el miedo es inherente a la existencia del ser humano en el sistema capitalista. Para que el miedo se convierta en dominante, es necesario crear un ‘espacio de miedo’. La crisis financiera y económica ha creado (o intensificado) ese espacio de miedo.
 
Mucho se ha escrito sobre la crisis del 29 y sus paralelismos y diferencias con la crisis actual. En aquel entonces, las soluciones económicas se inspiraron en la creencia de John Keynes en el equilibro social y económico. Por un lado, se integró al movimiento obrero en la toma de decisiones mediante los convenios colectivos o el derecho a la huelga y, por otro, los trabajadores pasaron a ganar lo suficiente para convertirse en consumidores (al igual que los desempleados gracias a las políticas del Estado de bienestar). Tras la adquisición del derecho al consumo, enfatiza Massumi, se inicia una fase de capitalismo de rostro humano en el que los privilegios económicos dejaron de cuestionarse. Eso sí, cada vez que los trabajadores aumentaban la intensidad de sus demandas y exigían más derechos, se creaba un nuevo espacio de miedo y las expectativas de cambio social o político quedaban así mitigadas.


La crisis actual representa la mayor ruptura de equilibrio social y económico hasta la fecha y la creación de un nuevo espacio de miedo. Las promesas de un futuro mejor son reemplazadas por un no futuro (o la negación de la posibilidad de un futuro mejor). Se extiende la certeza de que las generaciones venideras van a vivir en peores condiciones. Lo vemos en el caso de los jóvenes que asumen que van a vivir peor que sus padres o asumen tener que pasar por el exilio para buscar trabajo. Asimismo, la reforma de las pensiones rompe con la ilusión de que, tras años de cotización y trabajo, se ha adquirido el derecho al ocio y disfrutar de la vida. Las pensiones futuras, a partir de ahora, sólo pueden ser peores.

Y en medio, otra generación sumergida en el escenario del miedo. El desempleo entre los mayores de 50 años es del 21%. Un grupo con dificultades para optar por la emigración que pierde, al mismo tiempo, la esperanza de acceder a una pensión digna. Roto el equilibrio social keynesiano, los trabajadores mayores de 50 ven cómo las posibilidades del trabajo indefinido se alejan y cómo las prestaciones sociales y de ayuda al desempleo, antaño características del Estado de bienestar, se recortan drásticamente. En realidad, estamos hablando del miedo a quedarse fuera del mercado laboral y no del miedo a perder el empleo.

Los países nórdicos crearon un modelo de mercado laboral combinando la flexibilidad en el mercado laboral (el despido fácil) con la seguridad (prestaciones sociales altas). El objetivo no era otro que eliminar el miedo y preservar el equilibrio. En España la crisis ha servido para renunciar a cualquier intento de potenciar la seguridad y la reforma laboral se entiende como un modo de profundizar en la flexibilidad, queriendo decir precariedad y explotación. Desaparecen del panorama español y europeo las ambiciones fijadas antes de la crisis en la renovada estrategia de Lisboa. Los contratos indefinidos, la conciliación de la vida laboral y familiar o el pleno empleo quedan fuera de la agenda política y se han convertido en privilegios en lugar de derechos. Es el nuevo espacio del miedo.

Por otro lado, son muchos los ciudadanos que han entendido que conseguir conquistas sociales pasa por la pérdida del miedo. Es curioso ver cómo los jóvenes sin futuro y los yayoflautas han declarado con reincidencia que no tienen miedo, a pesar de la vulnerabilidad económica a la que son expuestos con el alto desempleo juvenil y la incipiente reforma (esto es, recortes) de las pensiones.

De la negación del miedo aprendemos dos cosas: la primera es que el miedo se experimenta individualmente, inherente al sistema económico, en situaciones cotidianas, pero se supera en procesos de participación e identificación colectivos; la segunda que el miedo, cuando es negado, deriva en algo positivo: la afirmación de la dignidad de las personas, que recuperan (aunque sea momentáneamente) el control sobre sus vidas. Vivir sin miedo. Lo cual no es poco en momentos en que el sistema ya ni se preocupa por asegurarse de que los trabajadores puedan ser consumidores para mantener el equilibrio económico. Ahora parece que es suficiente con consumir para probar que el miedo al desempleo se ha superado. El capitalismo ha renunciado a su rostro humano.

Lo ideal sería tomar a De Guindos en serio, ya que él ha perdido el miedo a perder su empleo. Los ciudadanos deberían aprovechar la oportunidad (¿la que dan las elecciones?) para que pierda (sin miedo) su empleo actual. El problema es que De Guindos podría volver a ser contratado como consejero asesor de Lehman Brothers y desde ahí dedicarse a crear más miedo. De ahí que el reto sea, con toda su dificultad, perder el miedo no al desempleo, sino a los que se dedican a crear el miedo.