Como el filósofo canadiense Brian Massumi señala, el miedo es inherente a la existencia del ser humano en el sistema capitalista. Para que el miedo se convierta en dominante, es necesario crear un ‘espacio de miedo’. La crisis financiera y económica ha creado (o intensificado) ese espacio de miedo.
Mucho se ha escrito sobre la crisis del 29 y sus paralelismos y diferencias con la crisis actual. En aquel entonces, las soluciones económicas se inspiraron en la creencia de John Keynes en el equilibro social y económico. Por un lado, se integró al movimiento obrero en la toma de decisiones mediante los convenios colectivos o el derecho a la huelga y, por otro, los trabajadores pasaron a ganar lo suficiente para convertirse en consumidores (al igual que los desempleados gracias a las políticas del Estado de bienestar). Tras la adquisición del derecho al consumo, enfatiza Massumi, se inicia una fase de capitalismo de rostro humano en el que los privilegios económicos dejaron de cuestionarse. Eso sí, cada vez que los trabajadores aumentaban la intensidad de sus demandas y exigían más derechos, se creaba un nuevo espacio de miedo y las expectativas de cambio social o político quedaban así mitigadas.
La crisis actual representa la mayor ruptura de equilibrio social y económico hasta la fecha y la creación de un nuevo espacio de miedo. Las promesas de un futuro mejor son reemplazadas por un no futuro (o la negación de la posibilidad de un futuro mejor). Se extiende la certeza de que las generaciones venideras van a vivir en peores condiciones. Lo vemos en el caso de los jóvenes que asumen que van a vivir peor que sus padres o asumen tener que pasar por el exilio para buscar trabajo. Asimismo, la reforma de las pensiones rompe con la ilusión de que, tras años de cotización y trabajo, se ha adquirido el derecho al ocio y disfrutar de la vida. Las pensiones futuras, a partir de ahora, sólo pueden ser peores.
Y en medio, otra generación sumergida en el escenario del miedo. El desempleo entre los mayores de 50 años es del 21%. Un grupo con dificultades para optar por la emigración que pierde, al mismo tiempo, la esperanza de acceder a una pensión digna. Roto el equilibrio social keynesiano, los trabajadores mayores de 50 ven cómo las posibilidades del trabajo indefinido se alejan y cómo las prestaciones sociales y de ayuda al desempleo, antaño características del Estado de bienestar, se recortan drásticamente. En realidad, estamos hablando del miedo a quedarse fuera del mercado laboral y no del miedo a perder el empleo.
Los países nórdicos crearon un modelo de mercado laboral combinando la flexibilidad en el mercado laboral (el despido fácil) con la seguridad (prestaciones sociales altas). El objetivo no era otro que eliminar el miedo y preservar el equilibrio. En España la crisis ha servido para renunciar a cualquier intento de potenciar la seguridad y la reforma laboral se entiende como un modo de profundizar en la flexibilidad, queriendo decir precariedad y explotación. Desaparecen del panorama español y europeo las ambiciones fijadas antes de la crisis en la renovada estrategia de Lisboa. Los contratos indefinidos, la conciliación de la vida laboral y familiar o el pleno empleo quedan fuera de la agenda política y se han convertido en privilegios en lugar de derechos. Es el nuevo espacio del miedo.
Por otro lado, son muchos los ciudadanos que han entendido que conseguir conquistas sociales pasa por la pérdida del miedo. Es curioso ver cómo los jóvenes sin futuro y los yayoflautas han declarado con reincidencia que no tienen miedo, a pesar de la vulnerabilidad económica a la que son expuestos con el alto desempleo juvenil y la incipiente reforma (esto es, recortes) de las pensiones.
De la negación del miedo aprendemos dos cosas: la primera es que el miedo se experimenta individualmente, inherente al sistema económico, en situaciones cotidianas, pero se supera en procesos de participación e identificación colectivos; la segunda que el miedo, cuando es negado, deriva en algo positivo: la afirmación de la dignidad de las personas, que recuperan (aunque sea momentáneamente) el control sobre sus vidas. Vivir sin miedo. Lo cual no es poco en momentos en que el sistema ya ni se preocupa por asegurarse de que los trabajadores puedan ser consumidores para mantener el equilibrio económico. Ahora parece que es suficiente con consumir para probar que el miedo al desempleo se ha superado. El capitalismo ha renunciado a su rostro humano.
Lo ideal sería tomar a De Guindos en serio, ya que él ha perdido el miedo a perder su empleo. Los ciudadanos deberían aprovechar la oportunidad (¿la que dan las elecciones?) para que pierda (sin miedo) su empleo actual. El problema es que De Guindos podría volver a ser contratado como consejero asesor de Lehman Brothers y desde ahí dedicarse a crear más miedo. De ahí que el reto sea, con toda su dificultad, perder el miedo no al desempleo, sino a los que se dedican a crear el miedo.

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