Cuando en 2012
surgió la iniciativa de Rodea el Congreso,
la secretaria general del Partido Popular, María Dolores de Cospedal, la
comparó con el fallido golpe de Estado de 1981 en un intento hiperbólico por
deslegitimar la protesta y añadió: “Eso es ocupar el Parlamento y tratar de
contrariar la voluntad popular”. Y este segundo aspecto es, efectivamente,
esencial, ya que da a entender que la voluntad popular pertenece en exclusiva
al Parlamento. Cospedal parece olvidar que el Parlamento representa la voluntad
popular y no la posee, dado que ésta emana del pueblo. De hecho, lo que
llevamos apreciando desde el surgimiento del 15M es que la voluntad popular está
siendo contrariada por los partidos políticos y que la existencia de un sistema
democrático representativo no asegura la representación de los intereses de los
ciudadanos.
En su libro Los principios del gobierno representativo,
Bernard Manin hace un trabajo brillante a la hora de cuestionar la relación
inmediata establecida entre gobierno representativo y democracia. El politólogo
francés se refiere al espacio de indefinición creado por la idea en sí de que
el pueblo se gobierna a sí mismo indirectamente
o a través de sus representantes, ya
que la falta de promesas vinculantes les da a los representantes un alto grado
de independencia con respecto a los electores. Esto explica porque los
gobiernos representativos tienen carácter tanto democrático como no democrático
(u oligárquico). El riesgo de la deriva no democrática de la representación (la
independencia de los políticos con respecto a sus electores) debe contrastarse
con la libertad de la opinión pública. En palabras de Manin: “El pueblo puede
en todo momento recordar su presencia a los representantes, las cámaras del
gobierno no están blindadas frente a su clamor”.
Sin embargo,
estamos asistiendo a todo lo contrario: las cámaras del gobierno se están
blindando y se cierran las posibilidades de interpelación ciudadana a los
políticos. El anteproyecto de Ley de Seguridad Ciudadana se encarga de obstaculizar
el deseo de los ciudadanos de recordar su presencia a los representantes. Las
nuevas formas de protesta ciudadanas evidencian que la representación política
se está distanciando de la voluntad popular. Así ocurre con el rodea el Congreso, que recuerda que la
legitimidad del Congreso emana de la soberanía popular (y no únicamente de las
decisiones tomadas por los políticos) o los escraches,
que dejan claro que los políticos deben responder de las decisiones que toman
ante los ciudadanos (que son quienes las padecen) y no ante su partido.
No debe resultar
tan extraño que en 2013 la representatividad más fidedigna de la voluntad
popular en el Parlamento se encontrara a menudo en la Tribuna de invitados, desde
donde los ciudadanos presencian el desarrollo de las sesiones parlamentarias. Tampoco
es casual que se haya vuelto habitual la expulsión de los invitados que
interpelan a los políticos y protestan contra los proyectos que se están
discutiendo. Sería bastante superficial considerar estas protestas como
interrupciones de la labor de los parlamentarios y no entender que representan
sensibilidades y opciones políticas excluidas de las decisiones tomadas por el
gobierno representativo.
Los promotores de
la ILP contra los desahucios fueron desalojados del Congreso tras proferir
gritos de “fuera, fuera” y “sí, se puede”. La protesta se inició tras afirmar el
representante del PP, Teodoro García, que su partido y la PAH iban por el mismo
camino. Esta identificación entre las propuestas de la PAH y las políticas del
PP provocó malestar entre los activistas. Es un claro ejemplo de cómo el
discurso político pretende apropiarse de la voluntad ciudadana sin incluir sus
demandas sociales y la tribuna del Congreso se usa para escenificar una
inexistente confluencia entre pueblo y gobierno. La expulsión de los miembros
de la PAH simboliza la ausencia de diálogo entre políticos y sociedad civil,
así como la imposibilidad del gobierno de practicar una representatividad más
inclusiva.
La veintena de
afectados por las preferentes corrieron la misma suerte. En cuanto Vicente
Martínez Pujalte subió a la tribuna de oradores, los preferentistas gritaron
que se les devolviera su dinero y después insultaron a los diputados y los
llamaron “chorizos, ladrones, sinvergüenzas”. Una vez que Pujalte pudo retomar
el uso de la palabra, tras la expulsión de los afectados, dio buena muestra de
la brecha abierta entre políticos y ciudadanos. Lejos de ofrecer soluciones a
los preferentistas, Pujalte se dedicó a señalar quién era el responsable real del
problema. Ciñéndose al guion del “y tú más”, sostuvo que fue Zapatero quien
engañó a los preferentitas. Es una buena muestra de cómo los intereses
ciudadanos han sido reemplazados por un discurso de exculpación-inculpación
entre los partidos políticos.
Las activistas
feministas de FEMEN, previa protesta con el torso desnudo y al grito de “aborto
es sagrado”, también fueron expulsadas, aunque su desalojo fue más complicado
debido a la pericia de las activistas,
que tuvieron que ser desancladas de la barandilla y las columnas de la
tribuna de invitados. El ministro de Justicia, Alberto Ruiz Gallardón, quien
defendía su anteproyecto de ley del aborto, expresó su perplejidad porque el
aborto no puede ser ‘sagrado’, sin entender el rechazo a la idea de legislar
basándose en creencias religiosas. Gallardón calificó la protesta de falta de
respeto a la soberanía popular. Para él, la representación política justifica
su falta de respeto hacia la libertad de opinión pública que ha expresado su
rechazo ante semejante retroceso social.
Todas estas
expulsiones han ido acompañadas por aplausos por parte de algunos diputados, lo
cual ha provocado la reprobación y censura desde la bancada popular. Curiosamente, por los mismos diputados que
aplaudieron a Rajoy al reconocer que se había equivocado con Bárcenas. La
imagen de políticos que censuran las demandas de los ciudadanos y celebran sus
propios errores ayuda muy poco a dotar de representatividad al Parlamento.
Sería mucho más productivo aceptar estas protestas como manifestación de la
voluntad popular y preguntarse si sus demandas están siendo o no representadas.
De otro modo, se corre el riesgo de pensar que mantener el orden en el Congreso
es lo mismo que mantener el orden social, y obviar, una vez más, la indignación
ciudadana.



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