Que sí, que sí, que sí nos representan!», gritaban los simpatizantes de
Podemos tras un resultado sorprendente que ha desestabilizado el tablero
electoral. Al día siguiente, comenzó la lluvia de descalificaciones por
parte de, entre otros, miembros del PP y del PSOE. Las encuestas
posteriores dando a Podemos hasta 58 escaños en el Congreso
incrementaron las críticas y el nerviosismo. Y sin embargo, esta semana
el PP y el PSOE han actuado al unísono para cerrar cualquier
cuestionamiento sobre la monarquía, y todo apunta, ya en Europa, a que
el presidente de la Comisión será elegido con el acuerdo entre
conservadores y socialdemócratas. Este contraste revela la situación de
crisis en la que estamos inmersos: empieza como crisis económica
(2007-08), deviene en crisis social (con el 15M en 2011) y ahora se
muestra como crisis política.
Pero, ¿qué es una crisis? Siguiendo al filósofo Antonio Gramsci, la
crisis es una transición, un periodo en el que el sistema anterior está
desapareciendo mientras que uno nuevo todavía no ha aparecido (aunque
haya síntomas de algo nuevo). Durante la crisis, la gente siente
desafecto hacia la clase política porque está perdiendo su
identificación ideológica con los partidos (por no hablar de la pérdida
previa de identidad ideológica de los propios partidos). Los partidos
tradicionales se esfuerzan en mantener el consenso bipartidista pero van
perdiendo el control del discurso. Sus posiciones sobre un referéndum
sobre la monarquía, sobre la reforma laboral, sobre el sistema de
pensiones, son fuertemente contestadas. Podemos surge de la crisis como
síntoma de algo nuevo, aunque todavía sin concretar. El PP y el PSOE
todavía no se han dado cuenta de ello.
En este contexto, Podemos no se ha resignado a ocupar un puesto a la
izquierda de la izquierda, sino que ha bebido de múltiples fuentes para
expandir el horizonte social y electoral. Es uno de los pocos partidos
que ha entendido el 15M y su necesidad de hacer otra política y, al
mismo tiempo, de evitar los riesgos de la antipolítica. Las referencias a
la clase social se desvanecen en un discurso transversal que traduce la
política indignada del ‘no nos representan’ en términos de casta contra
pueblo. Sin duda, la idea de casta ha contribuido a perjudicar aun más
la imagen de los políticos del PP y PSOE, mientras que hablar en nombre
del pueblo (la gente que padece la crisis) crea un nuevo y fuerte
vínculo de identificación.
De esta manera, entendemos por qué el 29,9% del voto de Podemos
procede del PSOE, con respecto a las anteriores europeas, y el 26,1% de
IU. El votante desencantado es, por tanto, aquel que no suele votar pero
también quien ha perdido la esperanza en que el PSOE ‘no le falle’.
Cuando los simpatizantes de Podemos afirman que aspiran a ganar y no
sólo a aumentar el número de diputados, despiertan el espíritu del
sorpasso de Julio Anguita y crean vínculo directo con el pasado de IU y
con el proyecto actual de crear un frente amplio y ciudadano. La
referencia europea está en Grecia con Syriza, con posibilidades de
gobernar ante un PASOK en caída libre, y no en Alemania, donde Die Linke
hace un trabajo de oposición serio sin perturbar al gobierno de
coalición liderado por Merkel.
Las estrategias comunicativa y organizacional ha intensificado el
efecto de Podemos. La figura de Pablo Iglesias (y su presencia en la
televisión y ¡en la papeleta electoral!) ha sido fundamental. Tras años
elaborando, junto con otros colaboradores, el discurso incipiente de
Podemos en La Tuerka (primero en Tele K y luego más recientemente en
Público), Iglesias aprovechó sus intervenciones en las tertulias
televisivas para definir su posición política y aumentar su popularidad.
Por otro lado, la creación de círculos por ciudadanos conecta con el
deseo de democracia participativa del 15M y supone para mucha gente el
primer contacto con la política sin tener que pasar por la estructura
altamente jerarquizada de un partido político tradicional.
El reto de Podemos reside, precisamente, en ser síntoma de lo
nuevo sin que lo nuevo esté del todo definido y sin que lo viejo haya
desaparecido. Una de las mayores dificultades va a ser acomodar
movimientos internos con aspiraciones opuestas: la necesidad de mantener
un proyecto político abierto y coherente hasta ahora definido por el
entorno de Pablo Iglesias y Juan Carlos Monedero; la combinación de una
forma de liderazgo personalizado con las demandas de participación de
los distintos círculos y también con las aspiraciones de una fuerza más
organizada como Izquierda Anticapitalista; y la dificultad de mantener
la presencia en los medios de comunicación (o abrirla hacia otros
portavoces) y la participación local (y su coordinación estatal).
No van a faltar desacuerdos en Podemos ni descalificaciones desde
afuera, pero no se puede negar el papel asumido por Podemos para iniciar
una salida a la crisis política y quizás una transición hacia nuevas
formas-partido. El PSOE ya se plantea las primarias abiertas y mayor
transparencia; incluso pronto podría repensar su identidad ideológica y
no sólo sus candidatos a la secretaría general. IU también está pensando
en abrir su organización. Un proyecto de confluencia política y social
se está fraguando en Cataluña. Y el PP, en el poder, está a otra cosa.
Carlos Floriano acusaba a Podemos de intentar utilizar el dolor y
sufrimiento de la gente. Debe de ser mejor decir eso que preguntarse qué
políticas están causando dolor y sufrimiento. No vaya a ser que la
respuesta sea que hay que cambiar esas políticas. Y a sus políticos,
claro.
Artículo aparecido en el diario La Rioja el 15 de junio de 2014.

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