miércoles, 1 de octubre de 2014

Populismo y Podemos

Con la llegada de Pedro Sánchez a la Secretaría General, el PSOE ha iniciado una nueva estrategia comunicativa y discursiva. Mientras que la estrategia comunicativa consiste en llegar al mayor número de ciudadanos a través de programas de entretenimiento, la discursiva está basada en competir con el terreno ganado por Podemos y presentarse como una opción más realista. Para ello, se ha sumado a las voces populares que clamaban contra los riesgos del populismo. Sánchez ha apuntado que el final de los populistas es la Venezuela de Chávez y que el populismo ha encontrado su expresión institucional en Podemos. El nuevo secretario del PSOE insiste en que ni descalifica ni insulta; les llama por su nombre.

Sería cierto que Sánchez llama a las cosas por su nombre si supiéramos (o él supiera) qué significa ‘populismo’. No parece muy lógico que populismo sea, a la vez, una forma de gobierno (la de Chávez) y un movimiento popular (la base sobre la que se erige Podemos). El PSOE está tratando de usar la etiqueta de populismo para contrarrestar el discurso de la casta y reducir otras alternativas políticas a experimentos peligrosos para el sistema democrático.


Hablar de populismo sin más impide una reflexión seria sobre el populismo como fenómeno político e impide además una comprensión más certera de por qué Podemos se ha convertido, según las encuestas, en la tercera fuerza política. Hay poco acuerdo en las ciencias políticas sobre la definición de ‘populismo’ o incluso sobre la utilidad del concepto pero hay fenómenos próximos que convendría aclarar.

El discurso de Podemos es anti-establishment (contra la clase dirigente). Podemos opone los intereses de un entramado político y económico que se retroalimenta (la casta) frente a los intereses de la gente, que padece las consecuencias de la crisis. Podemos no defiende la anti-política, ya que junto a su crítica al sistema como tal (mantenido por ‘partidos del régimen del 78’), aspira al cambio por la vía institucional. El discurso contra la clase política no lo crea Podemos. Se encontraba ya en el 15M.

Pablo Iglesias es un líder posicionado fuera de la política institucional (un outsider). Al no pertenecer previamente a un partido político ni haber estado en el gobierno o en la oposición, Iglesias asume la posición de un político dispuesto más que a introducir pequeñas reformas, a cambiar el propio sistema. El PSOE, y también IU, tienen problemas para competir en este terreno, dado que quienes piensan que el sistema actual es un problema no pueden aceptar con la solución provenga de los nuevos candidatos del sistema.

Podemos es un partido en construcción con diferentes concepciones democráticas (como la democracia asamblearia o directa) en juego y con nuevos mecanismos para la participación e inclusión de militantes y simpatizantes. Todavía no se ha definido si habrá una secretaría o qué estructura asumirá el partido. Por compleja que sea la relación entre el llamado ‘equipo de trabajo’ y los Círculos, la participación y la elaboración conjunta del programa político exploran nuevos vínculos dentro del partido. Como Podemos no ha llegado al poder, no se puede evaluar si es un partido populista que reduce la relación entre partido y votantes a refrendar las decisiones tomadas por el líder. Lo experimentado hasta ahora, en cambio, va dirigido hacia un nuevo modo de entender la democracia dentro de la organización interna de los partidos políticos y a las dificultades y contradicciones (algunas ya visibles) de institucionalizar dicho modelo.

Desde un punto de vista político más riguroso, es cuanto menos aventurado calificar a Podemos de populista. E incluso hay que cuestionar la validez teórica del concepto de populismo, ya que muchas veces se utiliza para referirse a alternativas políticas que cuestionan el centro político como único proyecto viable sin problematizar suficiente la falta de diferenciación ideológica entre los partidos tradicionales. Sería más correcto, sí se quiere, hablar de movimiento popular y juzgar si, desde el gobierno, se trata de un partido usado para mayor gloria (y poder) de su líder o conlleva un cambio en la representatividad política y en la forma de organizarse y participar.


Es difícilmente defendible hacer depender el populismo del personalismo o del carisma del líder sin que este factor afecte a todos los partidos (si no, no sería tan determinante quién es el nuevo líder del PSOE ni se esperaría que Sánchez pudiera revertir la tendencia electoral). Tampoco parece razonable que populismo consista en el uso de cualquier medio para lograr el apoyo popular (ahí quedan las intervenciones en el Hormiguero o en Sálvame). Ni siquiera que populismo es diagnosticar un problema y ofrecer soluciones que son imposibles de aplicar (de promesas incumplidas está la política llena).

Hablar de populismo no sirve para describir la realidad, sino para simplificarla. Hay un diagnóstico equivocado de que a base de repetir ‘populismo’ y pintar el futuro español como una apocalíptica Venezuela chavista el PSOE puede recuperar los votos sumados por Podemos. Lo que se obvia es que hay una exigencia de renovar el sistema y no sólo de presentar un nuevo equipo directivo, aunque sea más joven, más dinámico, sin corbata y con mochila. El PSOE cree que los ciudadanos votan a Podemos porque desconocen su agenda populista oculta. Se equivoca. Los ciudadanos votan porque no ven al PSOE como una alternativa. Y a Podemos, sí. Así de simple o, como diría Sánchez, así de populista.