Todo apunta a que hoy Syriza ganará las elecciones en Grecia. Tras
quedarse a las puertas de conseguir el poder en 2012, Syriza se ha
convertido en la única alternativa en Grecia y la mejor opción para
salvar el proyecto europeo. La crisis económica, y de la eurozona en
particular, ha llevado al sur de Europa a una situación imposible. Las
políticas de austeridad están produciendo tímidos resultados en el
crecimiento económico y, ante todo, han disparado los índices de paro,
desigualdad social y pobreza.
No han faltado advertencias apocalípticas sobre el fin de Europa o la
salida de Grecia del euro. Pero, al contrario de lo sucedido hace unos
años, los votantes griegos han aumentado su apoyo a Syriza en los
últimos días de campaña electoral, según las encuestas. El reto
principal de Syriza en el poder va a ser, más que gobernar en Grecia,
gobernar Grecia en Europa. Y para ello se están preparando tanto los
dirigentes de Syriza como los mandatarios europeos. La victoria de
Syriza en las elecciones equivale a la derrota de las políticas de la
Unión Europa. Lo paradójico es que la Unión Europea ya sabe que sus
políticas han fracasado y, en este sentido, necesita también la victoria
de Syriza. La deuda está ahogando las economías de los países del sur
de Europa (sin olvidar Irlanda) y la única salida es renegociarla. La
élite económica y política lo sabe y, por eso, quiere asegurarse que
puede imponer sus términos en la negociación. Syriza también lo sabe y
ha negado que no quiera pagar sus deudas.
Un aviso temprano de que las políticas de austeridad creaban más
problemas que soluciones lo encontramos ya en el artículo de Wolfgang
Münchau en Financial Times en noviembre de 2014. Bajo el titular «La
izquierda radical tiene razón sobre la deuda europea», el autor
destacaba medidas como la renegociación de tipos de interés de la deuda
soberana, el alargamiento de los plazos de vencimiento y amortización o,
incluso en algunos casos, las quitas parciales. Algo más importante
todavía, Münchau subrayaba que sólo partidos radicales se atreverían a
implementar dichas medidas si llegaran al poder, cosa que no harían los
partidos tradicionales de izquierda.
Este artículo ya ofrecía dos claves para interpretar el futuro: en el
nivel nacional, la falta de alternativas por parte de los partidos
tradicionales; y en el nivel europeo, la necesidad de renegociar la
deuda. Tras quedar claro que el centroizquierda no lo iba a hacer (ahí
tenemos el caso de François Hollande en Francia), la única posibilidad
de cambio queda en manos de los nuevos partidos. La conciencia de la
inviabilidad del pago de la deuda está extendida entre los líderes
europeos. Pero necesitan que gane Syriza para poder decirlo; sin que
ello implique que se lo vayan a poner fácil.
A poco más de una semana de las elecciones, el medio (igualmente
neoliberal) The Economist proclamaba en un artículo que «una victoria
electoral populista no conllevará necesariamente un desastre ni para
Grecia ni para la Eurozona». Sin especial simpatía por Syriza, el
seminario reconoce que la crisis del euro ha debilitado la legitimidad
de los lazos que unen a gobernantes y gobernados. Se estarían, además,
poniendo de relieve las tensiones generadas por una unión monetaria sin
ningún tipo de unión política. En este contexto, The Economist valora
positivamente la posibilidad de que Syriza devuelva a los griegos la
sensación de poder influir en su propio destino y reparar así el daño
causado durante estos años.
De ahí que las elecciones griegas tengan una dimensión europea
evidente y un impacto previsible en otros países, particularmente
España. Aun así, los partidos políticos españoles se han apresurado a
entonar el canto de «Yo no soy Grecia» por si acaso. El Partido Popular
se distancia de su equivalente griego Nueva Democracia, el partido de
las políticas de la austeridad. El PSOE entra en pánico al imaginar una
situación similar a la del socialdemócrata PASOK, prácticamente
eliminado del mapa político. Podemos, por su parte, contiene su
entusiasmo consciente de que los mercados van a reaccionar de manera
adversa. Y, sin embargo, la política europea se juega, una vez más, en
Grecia, con la elección de un partido de izquierdas que surge del
agotamiento del sistema bipartidista; un sistema que, además de
corrupto, ha dejado sin alternativas políticas a los griegos. Surge,
asimismo, del fracaso de la gestión de la crisis del euro y de las
políticas de austeridad. Estos dos aspectos van a influir, sin duda, en
los distintos países (donde nuevos partidos proponen una agenda
diferente a la de los partidos tradicionales) y en la Unión Europea
(empezando, y pronto, por la renegociación de la deuda).
Todo apunta a que los ciudadanos griegos van a intentar salirse
del tablero ya marcado, a pesar de las amenazas y los catastrofismos.
Hasta Carlos Floriano podría explicar el porqué desde un sofá: «nos ha
faltado dar un poco de piel a cada cifra positiva que estamos teniendo».
Los griegos, en cambio, han puesto piel (y a un precio muy caro) a cada
cifra que el gobierno ha tenido. Porque las cifras de la crisis han
empobrecido a toda la sociedad y han desmantelado el estado social
mientras que las cifras positivas sirven para pagar la deuda.
Europa se equivocó de modelo tras la crisis cuando se negó a crear un
New Deal europeo. Ojalá que la victoria de Syriza pueda impulsar este
gran pacto y empezar a poner, por fin, las políticas al servicio de los
ciudadanos. Es cuestión de piel y no sólo de cifras.


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