viernes, 30 de enero de 2015

Grecia, cuestión de piel

Todo apunta a que hoy Syriza ganará las elecciones en Grecia. Tras quedarse a las puertas de conseguir el poder en 2012, Syriza se ha convertido en la única alternativa en Grecia y la mejor opción para salvar el proyecto europeo. La crisis económica, y de la eurozona en particular, ha llevado al sur de Europa a una situación imposible. Las políticas de austeridad están produciendo tímidos resultados en el crecimiento económico y, ante todo, han disparado los índices de paro, desigualdad social y pobreza.

No han faltado advertencias apocalípticas sobre el fin de Europa o la salida de Grecia del euro. Pero, al contrario de lo sucedido hace unos años, los votantes griegos han aumentado su apoyo a Syriza en los últimos días de campaña electoral, según las encuestas. El reto principal de Syriza en el poder va a ser, más que gobernar en Grecia, gobernar Grecia en Europa. Y para ello se están preparando tanto los dirigentes de Syriza como los mandatarios europeos. La victoria de Syriza en las elecciones equivale a la derrota de las políticas de la Unión Europa. Lo paradójico es que la Unión Europea ya sabe que sus políticas han fracasado y, en este sentido, necesita también la victoria de Syriza. La deuda está ahogando las economías de los países del sur de Europa (sin olvidar Irlanda) y la única salida es renegociarla. La élite económica y política lo sabe y, por eso, quiere asegurarse que puede imponer sus términos en la negociación. Syriza también lo sabe y ha negado que no quiera pagar sus deudas.


Un aviso temprano de que las políticas de austeridad creaban más problemas que soluciones lo encontramos ya en el artículo de Wolfgang Münchau en Financial Times en noviembre de 2014. Bajo el titular «La izquierda radical tiene razón sobre la deuda europea», el autor destacaba medidas como la renegociación de tipos de interés de la deuda soberana, el alargamiento de los plazos de vencimiento y amortización o, incluso en algunos casos, las quitas parciales. Algo más importante todavía, Münchau subrayaba que sólo partidos radicales se atreverían a implementar dichas medidas si llegaran al poder, cosa que no harían los partidos tradicionales de izquierda.

Este artículo ya ofrecía dos claves para interpretar el futuro: en el nivel nacional, la falta de alternativas por parte de los partidos tradicionales; y en el nivel europeo, la necesidad de renegociar la deuda. Tras quedar claro que el centroizquierda no lo iba a hacer (ahí tenemos el caso de François Hollande en Francia), la única posibilidad de cambio queda en manos de los nuevos partidos. La conciencia de la inviabilidad del pago de la deuda está extendida entre los líderes europeos. Pero necesitan que gane Syriza para poder decirlo; sin que ello implique que se lo vayan a poner fácil.
A poco más de una semana de las elecciones, el medio (igualmente neoliberal) The Economist proclamaba en un artículo que «una victoria electoral populista no conllevará necesariamente un desastre ni para Grecia ni para la Eurozona». Sin especial simpatía por Syriza, el seminario reconoce que la crisis del euro ha debilitado la legitimidad de los lazos que unen a gobernantes y gobernados. Se estarían, además, poniendo de relieve las tensiones generadas por una unión monetaria sin ningún tipo de unión política. En este contexto, The Economist valora positivamente la posibilidad de que Syriza devuelva a los griegos la sensación de poder influir en su propio destino y reparar así el daño causado durante estos años.

De ahí que las elecciones griegas tengan una dimensión europea evidente y un impacto previsible en otros países, particularmente España. Aun así, los partidos políticos españoles se han apresurado a entonar el canto de «Yo no soy Grecia» por si acaso. El Partido Popular se distancia de su equivalente griego Nueva Democracia, el partido de las políticas de la austeridad. El PSOE entra en pánico al imaginar una situación similar a la del socialdemócrata PASOK, prácticamente eliminado del mapa político. Podemos, por su parte, contiene su entusiasmo consciente de que los mercados van a reaccionar de manera adversa. Y, sin embargo, la política europea se juega, una vez más, en Grecia, con la elección de un partido de izquierdas que surge del agotamiento del sistema bipartidista; un sistema que, además de corrupto, ha dejado sin alternativas políticas a los griegos. Surge, asimismo, del fracaso de la gestión de la crisis del euro y de las políticas de austeridad. Estos dos aspectos van a influir, sin duda, en los distintos países (donde nuevos partidos proponen una agenda diferente a la de los partidos tradicionales) y en la Unión Europea (empezando, y pronto, por la renegociación de la deuda).



Todo apunta a que los ciudadanos griegos van a intentar salirse del tablero ya marcado, a pesar de las amenazas y los catastrofismos. Hasta Carlos Floriano podría explicar el porqué desde un sofá: «nos ha faltado dar un poco de piel a cada cifra positiva que estamos teniendo». Los griegos, en cambio, han puesto piel (y a un precio muy caro) a cada cifra que el gobierno ha tenido. Porque las cifras de la crisis han empobrecido a toda la sociedad y han desmantelado el estado social mientras que las cifras positivas sirven para pagar la deuda.

Europa se equivocó de modelo tras la crisis cuando se negó a crear un New Deal europeo. Ojalá que la victoria de Syriza pueda impulsar este gran pacto y empezar a poner, por fin, las políticas al servicio de los ciudadanos. Es cuestión de piel y no sólo de cifras. 

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