lunes, 25 de enero de 2016

Privilegios y bebés

La sesión constitutiva del Congreso no decepcionó. Los diputados de Podemos dejaron su impronta desde el primer día y se saltaron las normas de lo que debería ser un comportamiento ‘normal’ parlamentario: los de Compromís acompañados por una banda de música («como en una película de Berlanga»), los de Equo llegando en bicicleta (cual «personajes redivivos de ‘Verano Azul’»), un diputado con rastas («limpias para no pegarme los piojos») o nuevas fórmulas para jurar o prometer el cargo (propias de una «rocambolesca jura»). En definitiva, el comportamiento de Podemos fue un ‘circo’, un ‘show’ porque, por lo visto, se confunde el parlamento con un ‘plató de televisión’. Curiosamente, los medios de comunicación que califican a las acciones de Podemos de ‘política del espectáculo’ (como si la política hubiera empezado a ser espectáculo justo ahora) usan horas y páginas para hablar de bebés y piojos. Por lo que parece, el show sigue estando en los platós.



Con todo, los principales protagonistas de la jornada fueron dos: Carolina Bescansa y su bebé. Las críticas han sido más que numerosas: por exponer a su hijo, por tenerlo demasiadas horas en el hemiciclo, por pasarlo de mano en mano (¡también a Pablo Iglesias!) y, sobre todo, por no haberle dejado en la guardería del congreso. Carme Chacón fue particularmente dura, ya que muchas trabajadoras no pueden hacer lo mismo. La guardería se creó para que las diputadas sin baja de maternidad pudieran dar de mamar. Para Chacón su idea de corresponsabilidad parental se reduce sólo al papel de las madres, particularmente a la lactancia. Lo que la exministra de Defensa y Vivienda quería destacar es que Bescansa (al igual que ella) no es una trabajadora sino una privilegiada.

La primera toma de contacto con el parlamento ha sido utilizada por Podemos para demostrar que no son iguales que los políticos tradicionales y por el resto de los partidos para enfatizar que sí lo son, que no hay ninguna diferencia entre ellos porque tienen privilegios que otros trabajadores no tienen. Y esto último es cierto pero la pregunta relevante es ¿cómo se utilizan estos privilegios? Si los privilegios se utilizan para realizar reivindicaciones que son justas y responden a los intereses de los ciudadanos (y no sólo de su grupo), entonces cobrarán más sentido. A fin de cuentas, los que están criticando a Bescansa son los que pueden aprobar (o no) una ley que equipare los permisos de paternidad y maternidad o quienes pueden promover la educación infantil gratuita de 0 a 3 años (y no sólo la creación de una guardería en el parlamento a precio módico).

Lo que se puede reprochar a Bescansa (y a las explicaciones dadas por Podemos) es que la reivindicación de acudir con el bebé (¿amamantar en público? ¿las dificultades de la conciliación? ¿el impacto de la maternidad en la carrera profesional de las mujeres?) no fue lo suficientemente clara. Rafa Mayoral dijo que es una práctica normal, ya que en el parlamento europeo las madres van con sus hijos. ¿También debería ser que los padres fueran con sus hijos? ¿Cómo encajan esas prácticas normales con el modelo de conciliación de Podemos? Lo que no se le puede reprochar es que no lo haya llevado a la guardería del congreso si su intención, como ella misma declaró, es además llevar al bebé a una escuela infantil pública. Un acto reivindicativo tiene la intención de visibilizar una problemática que está fuera del debate político y que, sin embargo, requiere atención.


En este sentido, es importante distinguir entre debate político, restringido al parlamento, y público. El parlamento (aquel que no es un circo ni un show) se ha dedicado últimamente a alejarse de lo público. Las protestas de preferentistas, afectados por la hipoteca o activistas de Femen dentro del parlamento se han solucionado rápidamente con su expulsión. Ya desde fuera, rodear al congreso era una amenaza a la soberanía nacional y hacer escraches para recordar a los políticos los efectos de sus decisiones parlamentarias era directamente criminal. Ahora llevar a un bebé o prometer trabajar para cambiar la constitución son acciones impropias del Congreso. Cualquier acción que contraríe lo ‘normal’, cualquier cosa que implique el cuestionamiento del consenso político y su apertura hacia lo público, es rápidamente censurada.

El parlamento no deja de ser, ante todo, un lugar de trabajo y toma de decisiones. Aun así, es exigible que quienes tienen acceso a las instituciones (y cuentan con dicho privilegio) sean capaces de formular y reivindicar mediante propuestas legislativas o acciones simbólicas los problemas sociales que requieren soluciones. Las políticas de conciliación son un buen ejemplo. Si se consigue además que el parlamento sea capaz de generar debates públicos, se daría un paso adelante para que el congreso de los intereses (y las disputas) de los grupos políticos se convirtiera en un congreso conectado con las preocupaciones de la calle y los privilegios de los políticos se tradujeran en nuevos derechos para los ciudadanos.

Artículo publicado en el diario La Rioja el 17 de enero de 2016.

Bob Esponja musculoso

En el capítulo ‘Músculo Bob Esponja’, la famosa esponja marina anhela tener un cuerpo musculoso. Incapaz de conseguir ponerse en forma, decide comprar unos musculosos falsos para los brazos (un producto como los que suelen anunciar en teletienda). De repente, la popularidad de Bob Esponja se dispara y consigue el respeto y la admiración del club de los musculosos, los culturistas de Playa Músculo. Pero Bob Esponja tiene pronto un problema: con sus brazos falsamente musculados, no consigue levantar ni un refresco. Así pues, cuando es invitado a un concurso de lanzamiento de peso (en realidad, de ancla), todos descubren el engaño.


Viendo el debate entre Pablo Iglesias y Albert Rivera, organizado por el diario El País, la imagen del musculoso Bob Esponja incapaz de levantar un ancla era similar a la de Rivera incapaz de citar una obra del filósofo Kant. Lo preocupante no era que Rivera recomendara leer a Kant sin haberlo leído él mismo, sino que mostró dificultades para mencionar a cualquier otro filósofo. Aun así, Rivera hablaba de la importancia de la filosofía. Pero la imagen de Rivera rara vez se cuestiona. Más bien, al contrario, es laureada de forma incondicional por todos aquellos que reconocen a uno de los suyos en una versión mejorada (como les pasó a los culturistas de Playa Músculo). Eldiario.es ha publicado, de hecho, que Albert Rivera es el político mejor tratado en los artículos de opinión desde que empezó la campaña electoral.

La imagen de los falsos músculos y Rivera es difícil de disociar. En Zaragoza, Rivera habló de pinchar la ‘burbuja política’. El líder ciudadano explicó: «Se pinchó la burbuja inmobiliaria, la financiera, pero no ha explotado la burbuja política. Es el momento». Se refería, claro está, a la duplicación administrativa, la burocracia, etc. que él identifica como el impedimento para que haya dinero para sanidad y educación. Pero la metáfora no deja de ser sugerente. Si atendemos a su meteórica evolución en estimación de voto y su conversión en cuestión de meses en el líder por excelencia, parece claro que la burbuja política (esos músculos impostados) que se podría explotar en cualquier momento sería precisamente la del propio Rivera y su partido.

En marzo Jorge de Estaban escribió un artículo sobre el dilema de si Rivera debería presentarse a las elecciones catalanas o españolas. De Esteban concluía, ya entonces, que Rivera podría ser el presidente catalán que necesita España. Ni Rivera fue candidato para Cataluña ni ha resultado ser la solución para encontrar un nuevo encaje de Cataluña en España (la propuesta de Ciudadanos no difiere en lo sustancial de la del PP y PSOE). Sin embargo, la idea de presentar a Rivera como presidenciable ya se manejaba cuando las encuestas situaban a Ciudadanos como cuarta fuerza política.

Cuando Podemos irrumpió con fuerza, intentó sustituir las coordenadas políticas derecha-izquierda por las de arriba-abajo, e introdujo otras dos ideas fundamentales: la distinción entre vieja y nueva política y el fin del régimen del 78, debido a la crisis del sistema político pactado durante la transición. El efecto desestabilizador de Podemos difícilmente podría contrarrestarse desde el PP y el PSOE y eso explica el entusiasmo mediático que ha llevado a Rivera a competir (casi) de igual a igual con el bipartidismo. Ciudadanos obvia y aparca las categorías de arriba-abajo (por no hablar de las de derecha-izquierda) y sólo se mueve dentro del eje vieja-nueva política. Por otro lado, la crítica a la transición es desplazada por la reivindicación de Adolfo Suárez (y su reencarnación en Rivera) como figura capaz de liderar armónica y consensualmente un cambio político desde dentro del propio sistema.


 Sorprende, cuanto menos, que no se suela calificar a Ciudadanos de populista: es un partido basado en el liderazgo absoluto de Albert Rivera, su estructura de partido es centralizada y su mensaje político deliberadamente ambiguo. Ahora Ciudadanos ha decidido ser un partido de centro. A principios de este año un 49% de los españoles no sabía dónde ubicarlo ideológicamente. Rivera mismo señala como sus referentes a políticos socialdemócratas como Manuel Valls o social liberales como Nick Clegg. La apuesta por el espacio liberal (para obtener votos de los sectores liberales del PP y del PSOE) ha hecho que Ciudadanos ya no sea de centro-izquierdas (si es que lo fue) y que renuncie a las categorías de izquierda-derecha.

Rivera musculoso ha conseguido impresionar con sus músculos impostados a lo Bob Esponja gracias, en parte, a su gancho mediático y a su liderazgo incuestionable. Ya ha conseguido la admiración de los culturistas de Playa Músculo. Ahora falta que ver si después del 20D, sus músculos, cual burbuja política, explotan para que continúen siendo los del club del Ibex 35 quienes se dediquen a lanzar el peso. Y ya sabemos sobre quienes termina por caer ese peso y quienes cargan con él: los ciudadanos, que no son los mismos que los Ciudadanos de Rivera.

Artículo publicado en el diario La Rioja el 11 de diciembre de 2015.

¿Bandera con patriotismo?

Política sin matices. Pedro Sánchez presentó su candidatura para la Presidencia del Gobierno y tras él, de fondo, una bandera española gigantesca. Los primeros análisis se centraron en el uso de la bandera española por el PSOE: algo inédito, una búsqueda de la moderación, la escenificación del PSOE como proyecto nacional, etc. Sánchez, según los medios, también habló del patriotismo cívico o constitucional sin detallar qué significa. Dejando aparte el marketing político y la puesta en escena presidencialista, me parece interesante entender qué es el patriotismo constitucional y añadir algunos matices a la política.

Si nos remontamos al 2001, José Luis Rodríguez Zapatero durante la campaña electoral vasca apeló al patriotismo constitucional porque permitía «ser galleguista, vasquista, catalanista, andalucista o de cualquier otra de las tierras que forman España». Zapatero quería reconocer así la diversidad cultural y lingüística, que suele quedar anulada por el carácter homogeneizador atribuido a la nación española. El patriotismo constitucional, en este sentido, reconoce la existencia de distintas culturas pero insiste en que éstas pueden coexistir bajo los valores constitucionales (y no valores estrictamente culturales) iguales para todos los ciudadanos. Ya en el poder, Zapatero intentó encontrar el equilibrio patriótico entre el marco legal y la diversidad cultural existentes mediante la reforma del estatuto catalán. Con poco éxito.


Curiosamente, el Partido Popular también se refirió al patriotismo constitucional como uno de los ejes de su programa político. José María Aznar pretendía de esta manera evitar que su partido quedara asociado con un nacionalismo español excluyente. Por eso, la Constitución del 78 fue utilizada para dar legitimidad al proyecto nacional del PP y combatir a los nacionalismos (que no patriotismos) vascos y catalán. El PP revisó la definición de ‘patriotismo constitucional’ reduciendo su alcance: ya no se trata de un patriotismo ‘de’ la Constitución, sino de un patriotismo ‘en’ la Constitución, en concreto la del 78 (intocable hasta que llegó la reforma del artículo 135).

El patriotismo del PSOE y del PP sí coincidieron en la configuración, notable en el País Vasco, de dos bloques: constitucionalistas y nacionalistas. El PP sólo buscaba una etiqueta para no ser percibido como un partido nacionalista español; el PSOE ofreció, cuanto menos, un esfuerzo más serio por promover el patriotismo cívico haciéndose eco del pensamiento republicano.
En la actualidad, nos encontramos en una situación diferente. Sin restar importancia al proceso independentista catalán, el patriotismo ha regresado con fuerza entre las nuevas fuerzas políticas. Ciudadanos ha enarbolado la bandera del patriotismo constitucional. Su significado (nación de ciudadanos libres e iguales al amparo de la constitución del 78) apenas difiere de lo proclamado por el PP. Pero hay una diferencia: el patriotismo de Ciudadanos es nacionalismo español producido desde dentro de Cataluña, en conflicto con los nacionalismos e independentismos. La libertad, en su caso, coincide con el sentido liberal y la igualdad solamente se aplica a la igualdad territorial (para los ciudadanos de España).

Podemos, por su parte, también incorporó el patriotismo en su discurso; algo bastante novedoso ya que la izquierda tradicional, como IU, nunca se llegó a atrever. Patriotismo aquí sí que significa igualdad: no territorial, sino económica y de derechos sociales. Íñigo Errejón sintetizaba su patriotismo como la recuperación de la soberanía y de los intereses de la gente. A diferencia del patriotismo republicano de Zapatero, el referente del patriotismo no es la constitución (base del régimen del 78), sino la soberanía, que reside en el pueblo.


Y ante la reivindicación del patriotismo por los nuevos partidos, llega Pedro Sánchez con una bandera gigante hablando de patriotismo cívico. ¿Qué dijo en concreto? En su discurso, Sánchez tomó prestada una idea de Podemos cuando subrayó que hay quienes confunden patria con su patrimonio; y se situó en la tradición liberal al afirmar que es ser patriota: «Es querer que la historia de tu país discurra por la senda de la prosperidad y de la libertad de sus ciudadanas y sus ciudadanos». Mientras que la defensa de la libertad queda patente, resulta un tanto extraño que en lugar de hablar de igualdad, se refiera a la prosperidad del país (como si eso asegurara la prosperidad de las personas).

¿Patriotismo cívico? Bien, pero ¿qué patriotismo y para qué? El patriotismo, en lugar de tomarse en serio, se utiliza como cortafuegos contra los nacionalismos periféricos y para evitar hablar del nacionalismo español. Decir que se quiere modificar la Constitución es una buena declaración de intenciones pero insuficiente. Es cuanto menos curioso que Sánchez proponga incluir en su programa una memoria legislativa y económica y no sea capaz de articular su idea de patriotismo (por no hablar de un proyecto socialdemócrata).

Pedro Sánchez aseguró que los socialistas iban a ser exigentes consigo mismos. Y hacen bien. Es tiempo de ser exigente, a pesar de que la agenda política esté marcada constantemente por citas electorales, y explicar el giro del PSOE hacia al patriotismo. Porque las banderas tan grandes terminan por hacer insignificantes a las personas que están delante de ellas. Incluso a quienes se visten de presidentes.

Artículo aparecido en el diario La Rioja el 28 de junio de 2015.

La institucionalización de lo social



El portavoz económico del PP en el Congreso, Vicente Martínez Pujalte,  empezó el año 2015 haciendo un buen resumen de lo que había sucedido políticamente en 2014. Según el portavoz, “la institucionalización de lo que pasó en la Puerta del Sol es una buena idea, creo que es una manera de que participe en las instituciones todo el mundo”. Pujalte se refería, claro está, al 15M y a Podemos. Dos aspectos son importantes en su afirmación: Podemos es una institucionalización (o, al menos, la más importante) del 15M y la inclusión de un mayor número de voces en las instituciones es positiva. Sin embargo, Pujalte también concluyó que lo de Podemos le parecía bien porque formaba parte de la ‘normalidad democrática’ y el hecho de “que [los militantes de Podemos] sean un poco casta está muy bien”. Esto ya es un poco más extraño, aunque dice mucho de los límites de la normalidad política: formar parte de las instituciones equivale a ser un poco casta. En el fondo, Pujalte insinúa (probablemente sin querer) que el único camino para hacer política es convertirse en un poco casta.


 Con todo, es bastante acertado definir el año político como la institucionalización de lo social, esto es, como el desarrollo del vibrante movimiento social que irrumpe con el ‘grito silencioso’ de los indignados en 2011. Desde entonces, la creatividad social experimentada en España ha sido considerable. Multitud de temas, en oposición a las políticas de austeridad y recortes, marcaron la agenda pública gracias a movimientos como la PAH, Juventud Sin Futuro o las diversas mareas. Ya en 2013 una encuesta publicada por El País mostraba que el 81% de los encuestados confiaba en movimientos sociales y ONGs frente a un escaso 11% que confiaba en el Gobierno. Llegó incluso a producirse una situación anómala en la cual los movimientos sociales eran percibidos como la auténtica oposición al gobierno. Es decir, lo social estaba siendo el terreno de disputa, desplazando al ámbito político. Lo normal hubiera sido que la comunicación entre lo social y lo político hubiera sido más fluida. Pero no era el caso. Existía una fractura creciente entre lo social y lo político.

En 2014, el número de manifestaciones disminuyó con relación al año anterior. Tomemos el ejemplo de Madrid. Los datos ofrecidos por la Delegación del Gobierno muestran que en los diez primeros meses del año el número de manifestaciones había caído un 33%, de 3.769 a 2.509. La delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, interpretó el descenso como una muestra de que los ciudadanos estaban percibiendo la mejoría de la situación económica (y lo decía en serio) y como consecuencia de que Podemos había pasado a formar parte del sistema y se había convertido en casta (esto lo decía irónicamente). Es curioso que, a pesar de su ironía, Cifuentes no puede evitar, como Pujalte, asociar las instituciones con la casta. Los dos políticos populares llevan, paradójicamente, la crítica de las instituciones más lejos que Podemos.

Lo cierto es que Cifuentes tiene más razón en que el menor número de protestas sociales se debe al surgimiento de Podemos que en que se deba a la sensación de estar saliendo de la crisis. Aun así, con un poco más de rigor debería verse 2014, a pesar de contar con más protestas que en 2011 en Madrid, como el inicio de lo que el sociólogo Sidney Tarrow llama declive cíclico. En esta fase el movimiento pierde fuerza y la iniciativa de cambio suele pasar a los partidos políticos y las élites. En el caso español podemos decir que el riesgo de delegar la acción y atribuírsela a políticos y élites fue evitado por la institucionalización de lo social y la aparición de nuevos procesos y partidos políticos.

La crisis del ciclo de protestas sociales se ejemplifica con las marchas por la dignidad del 22M. La participación fue masiva pero la diversidad de luchas e intereses evidenció la dificultad de articular una opción social o política a pesar de los lemas centrales (“No al pago de la deuda”, “Ni un recorte más”, “Fuera los Gobiernos de la troika”). La imprecisión fue un problema menor comparado con el impacto negativo generado por los disturbios al final de la manifestación entre policías y manifestantes. Aparte de empañar el espíritu pacífico de la convocatoria, fue la primera vez que triunfó la imagen del movimiento social como violento y de la acción de la policía como acto de defensa frente a dicha violencia. Hasta ese momento la policía había recurrido al uso desproporcionado de la fuerza o al exceso de control en manifestaciones o en acciones colectivas con el fin de parar los desahucios.  Tanto la falta de concreción como la imagen de los enfrentamientos violentos fueron muestra de la debilidad en la que entraba el ciclo de protestas.


 Sin embargo, un debate sonaba cada vez más entre los movimientos sociales a pocos días de las elecciones europeas: la posibilidad de formar parte de las instituciones políticas. Algunos partidos tradicionales (IU) habían estado en contacto (no sin conflictos) con los movimientos; otros contaban con líderes carismáticos y poco apoyo electoral (el movimiento Red de Elpidio Silva); otros sin líderes carismáticos y propuestas democráticas innovadoras (Partido X); y finalmente quienes hicieron converger la movilización popular con un líder carismático (Podemos). En este sentido, se produce la institucionalización de lo social cuando las demandas de los movimientos sociales se llevan al campo institucional. Se acepta así el reto de cambiar las instituciones desde las instituciones.

Volvamos a Pujalte (o Cifuentes) diciendo que Podemos se vuelve “un poco casta” cuando se convierte en un partido político. De sus palabras se deduce que institucionalizarse significa adaptarse a las instituciones y abandonar los principios defendidos en el ámbito social. No obstante, la institucionalización de lo social debería ser lo contrario: abrir las instituciones a las demandas sociales y adaptar las instituciones a las necesidades sociales.

Es cierto que las instituciones se han abierto y que la representatividad (que entra en crisis con el “no nos representan” del 15M) se extendió durante 2014 a grupos sociales que hasta entonces no se sentían representados. No es casualidad que con la institucionalización de lo social el bipartidismo entre en crisis. La fase de declive de las protestas sociales da paso a una nueva fase de institucionalización. El motivo: la esperanza de que las instituciones sean un poco menos casta y un poco más de los ciudadanos.

Artículo aparecido en el Anuario del diario La Rioja 2015.