lunes, 25 de enero de 2016

La institucionalización de lo social



El portavoz económico del PP en el Congreso, Vicente Martínez Pujalte,  empezó el año 2015 haciendo un buen resumen de lo que había sucedido políticamente en 2014. Según el portavoz, “la institucionalización de lo que pasó en la Puerta del Sol es una buena idea, creo que es una manera de que participe en las instituciones todo el mundo”. Pujalte se refería, claro está, al 15M y a Podemos. Dos aspectos son importantes en su afirmación: Podemos es una institucionalización (o, al menos, la más importante) del 15M y la inclusión de un mayor número de voces en las instituciones es positiva. Sin embargo, Pujalte también concluyó que lo de Podemos le parecía bien porque formaba parte de la ‘normalidad democrática’ y el hecho de “que [los militantes de Podemos] sean un poco casta está muy bien”. Esto ya es un poco más extraño, aunque dice mucho de los límites de la normalidad política: formar parte de las instituciones equivale a ser un poco casta. En el fondo, Pujalte insinúa (probablemente sin querer) que el único camino para hacer política es convertirse en un poco casta.


 Con todo, es bastante acertado definir el año político como la institucionalización de lo social, esto es, como el desarrollo del vibrante movimiento social que irrumpe con el ‘grito silencioso’ de los indignados en 2011. Desde entonces, la creatividad social experimentada en España ha sido considerable. Multitud de temas, en oposición a las políticas de austeridad y recortes, marcaron la agenda pública gracias a movimientos como la PAH, Juventud Sin Futuro o las diversas mareas. Ya en 2013 una encuesta publicada por El País mostraba que el 81% de los encuestados confiaba en movimientos sociales y ONGs frente a un escaso 11% que confiaba en el Gobierno. Llegó incluso a producirse una situación anómala en la cual los movimientos sociales eran percibidos como la auténtica oposición al gobierno. Es decir, lo social estaba siendo el terreno de disputa, desplazando al ámbito político. Lo normal hubiera sido que la comunicación entre lo social y lo político hubiera sido más fluida. Pero no era el caso. Existía una fractura creciente entre lo social y lo político.

En 2014, el número de manifestaciones disminuyó con relación al año anterior. Tomemos el ejemplo de Madrid. Los datos ofrecidos por la Delegación del Gobierno muestran que en los diez primeros meses del año el número de manifestaciones había caído un 33%, de 3.769 a 2.509. La delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, interpretó el descenso como una muestra de que los ciudadanos estaban percibiendo la mejoría de la situación económica (y lo decía en serio) y como consecuencia de que Podemos había pasado a formar parte del sistema y se había convertido en casta (esto lo decía irónicamente). Es curioso que, a pesar de su ironía, Cifuentes no puede evitar, como Pujalte, asociar las instituciones con la casta. Los dos políticos populares llevan, paradójicamente, la crítica de las instituciones más lejos que Podemos.

Lo cierto es que Cifuentes tiene más razón en que el menor número de protestas sociales se debe al surgimiento de Podemos que en que se deba a la sensación de estar saliendo de la crisis. Aun así, con un poco más de rigor debería verse 2014, a pesar de contar con más protestas que en 2011 en Madrid, como el inicio de lo que el sociólogo Sidney Tarrow llama declive cíclico. En esta fase el movimiento pierde fuerza y la iniciativa de cambio suele pasar a los partidos políticos y las élites. En el caso español podemos decir que el riesgo de delegar la acción y atribuírsela a políticos y élites fue evitado por la institucionalización de lo social y la aparición de nuevos procesos y partidos políticos.

La crisis del ciclo de protestas sociales se ejemplifica con las marchas por la dignidad del 22M. La participación fue masiva pero la diversidad de luchas e intereses evidenció la dificultad de articular una opción social o política a pesar de los lemas centrales (“No al pago de la deuda”, “Ni un recorte más”, “Fuera los Gobiernos de la troika”). La imprecisión fue un problema menor comparado con el impacto negativo generado por los disturbios al final de la manifestación entre policías y manifestantes. Aparte de empañar el espíritu pacífico de la convocatoria, fue la primera vez que triunfó la imagen del movimiento social como violento y de la acción de la policía como acto de defensa frente a dicha violencia. Hasta ese momento la policía había recurrido al uso desproporcionado de la fuerza o al exceso de control en manifestaciones o en acciones colectivas con el fin de parar los desahucios.  Tanto la falta de concreción como la imagen de los enfrentamientos violentos fueron muestra de la debilidad en la que entraba el ciclo de protestas.


 Sin embargo, un debate sonaba cada vez más entre los movimientos sociales a pocos días de las elecciones europeas: la posibilidad de formar parte de las instituciones políticas. Algunos partidos tradicionales (IU) habían estado en contacto (no sin conflictos) con los movimientos; otros contaban con líderes carismáticos y poco apoyo electoral (el movimiento Red de Elpidio Silva); otros sin líderes carismáticos y propuestas democráticas innovadoras (Partido X); y finalmente quienes hicieron converger la movilización popular con un líder carismático (Podemos). En este sentido, se produce la institucionalización de lo social cuando las demandas de los movimientos sociales se llevan al campo institucional. Se acepta así el reto de cambiar las instituciones desde las instituciones.

Volvamos a Pujalte (o Cifuentes) diciendo que Podemos se vuelve “un poco casta” cuando se convierte en un partido político. De sus palabras se deduce que institucionalizarse significa adaptarse a las instituciones y abandonar los principios defendidos en el ámbito social. No obstante, la institucionalización de lo social debería ser lo contrario: abrir las instituciones a las demandas sociales y adaptar las instituciones a las necesidades sociales.

Es cierto que las instituciones se han abierto y que la representatividad (que entra en crisis con el “no nos representan” del 15M) se extendió durante 2014 a grupos sociales que hasta entonces no se sentían representados. No es casualidad que con la institucionalización de lo social el bipartidismo entre en crisis. La fase de declive de las protestas sociales da paso a una nueva fase de institucionalización. El motivo: la esperanza de que las instituciones sean un poco menos casta y un poco más de los ciudadanos.

Artículo aparecido en el Anuario del diario La Rioja 2015.

No hay comentarios:

Publicar un comentario