El portavoz
económico del PP en el Congreso, Vicente Martínez Pujalte, empezó el año 2015 haciendo un buen resumen de
lo que había sucedido políticamente en 2014. Según el portavoz, “la institucionalización
de lo que pasó en la Puerta del Sol es una buena idea, creo que es una manera
de que participe en las instituciones todo el mundo”. Pujalte se refería, claro
está, al 15M y a Podemos. Dos aspectos son importantes en su afirmación: Podemos
es una institucionalización (o, al menos, la más importante) del 15M y la inclusión
de un mayor número de voces en las instituciones es positiva. Sin embargo,
Pujalte también concluyó que lo de Podemos le parecía bien porque formaba parte
de la ‘normalidad democrática’ y el hecho de “que [los militantes de Podemos]
sean un poco casta está muy bien”. Esto ya es un poco más extraño, aunque dice
mucho de los límites de la normalidad política: formar parte de las
instituciones equivale a ser un poco casta. En el fondo, Pujalte insinúa
(probablemente sin querer) que el único camino para hacer política es
convertirse en un poco casta.
Con todo, es
bastante acertado definir el año político como la institucionalización de lo
social, esto es, como el desarrollo del vibrante movimiento social que irrumpe con
el ‘grito silencioso’ de los indignados en 2011. Desde entonces, la creatividad
social experimentada en España ha sido considerable. Multitud de temas, en
oposición a las políticas de austeridad y recortes, marcaron la agenda pública
gracias a movimientos como la PAH, Juventud Sin Futuro o las diversas mareas.
Ya en 2013 una encuesta publicada por El
País mostraba que el 81% de los encuestados confiaba en movimientos
sociales y ONGs frente a un escaso 11% que confiaba en el Gobierno. Llegó
incluso a producirse una situación anómala en la cual los movimientos sociales
eran percibidos como la auténtica oposición al gobierno. Es decir, lo social
estaba siendo el terreno de disputa, desplazando al ámbito político. Lo normal
hubiera sido que la comunicación entre lo social y lo político hubiera sido más
fluida. Pero no era el caso. Existía una fractura creciente entre lo social y
lo político.
En 2014, el número
de manifestaciones disminuyó con relación al año anterior. Tomemos el ejemplo
de Madrid. Los datos ofrecidos por la Delegación del Gobierno muestran que en
los diez primeros meses del año el número de manifestaciones había caído un
33%, de 3.769 a 2.509. La delegada del Gobierno, Cristina Cifuentes, interpretó
el descenso como una muestra de que los ciudadanos estaban percibiendo la mejoría
de la situación económica (y lo decía en serio) y como consecuencia de que
Podemos había pasado a formar parte del sistema y se había convertido en casta
(esto lo decía irónicamente). Es curioso que, a pesar de su ironía, Cifuentes
no puede evitar, como Pujalte, asociar las instituciones con la casta. Los dos
políticos populares llevan,
paradójicamente, la crítica de las instituciones más lejos que Podemos.
Lo cierto es que
Cifuentes tiene más razón en que el menor número de protestas sociales se debe
al surgimiento de Podemos que en que se deba a la sensación de estar saliendo
de la crisis. Aun así, con un poco más de rigor debería verse 2014, a pesar de
contar con más protestas que en 2011 en Madrid, como el inicio de lo que el
sociólogo Sidney Tarrow llama declive cíclico. En esta fase el movimiento
pierde fuerza y la iniciativa de cambio suele pasar a los partidos políticos y
las élites. En el caso español podemos decir que el riesgo de delegar la acción
y atribuírsela a políticos y élites fue evitado por la institucionalización de
lo social y la aparición de nuevos procesos y partidos políticos.
La crisis del
ciclo de protestas sociales se ejemplifica con las marchas por la dignidad del
22M. La participación fue masiva pero la diversidad de luchas e intereses evidenció
la dificultad de articular una opción social o política a pesar de los lemas
centrales (“No al pago de la deuda”, “Ni un recorte más”, “Fuera los Gobiernos
de la troika”). La imprecisión fue un problema menor comparado con el impacto
negativo generado por los disturbios al final de la manifestación entre
policías y manifestantes. Aparte de empañar el espíritu pacífico de la
convocatoria, fue la primera vez que triunfó la imagen del movimiento social como
violento y de la acción de la policía como acto de defensa frente a dicha violencia.
Hasta ese momento la policía había recurrido al uso desproporcionado de la
fuerza o al exceso de control en manifestaciones o en acciones colectivas con
el fin de parar los desahucios. Tanto la
falta de concreción como la imagen de los enfrentamientos violentos fueron
muestra de la debilidad en la que entraba el ciclo de protestas.
Sin embargo, un
debate sonaba cada vez más entre los movimientos sociales a pocos días de las
elecciones europeas: la posibilidad de formar parte de las instituciones
políticas. Algunos partidos tradicionales (IU) habían estado en contacto (no
sin conflictos) con los movimientos; otros contaban con líderes carismáticos y
poco apoyo electoral (el movimiento Red de Elpidio Silva); otros sin líderes
carismáticos y propuestas democráticas innovadoras (Partido X); y finalmente
quienes hicieron converger la movilización popular con un líder carismático
(Podemos). En este sentido, se produce la institucionalización de lo social
cuando las demandas de los movimientos sociales se llevan al campo
institucional. Se acepta así el reto de cambiar las instituciones desde las
instituciones.
Volvamos a
Pujalte (o Cifuentes) diciendo que Podemos se vuelve “un poco casta” cuando se
convierte en un partido político. De sus palabras se deduce que
institucionalizarse significa adaptarse a las instituciones y abandonar los
principios defendidos en el ámbito social. No obstante, la institucionalización
de lo social debería ser lo contrario: abrir las instituciones a las demandas
sociales y adaptar las instituciones a las necesidades sociales.
Es cierto que las
instituciones se han abierto y que la representatividad (que entra en crisis
con el “no nos representan” del 15M) se extendió durante 2014 a grupos sociales
que hasta entonces no se sentían representados. No es casualidad que con la
institucionalización de lo social el bipartidismo entre en crisis. La fase de
declive de las protestas sociales da paso a una nueva fase de
institucionalización. El motivo: la esperanza de que las instituciones sean un
poco menos casta y un poco más de los ciudadanos.
Artículo aparecido en el Anuario del diario La Rioja 2015.


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