lunes, 25 de junio de 2012

Corrupción. El traje nuevo del mercado

Artículo aparecido en el Anuario 2012 del diario La Rioja.


En los últimos años, han trascendido varios casos de corrupción que vuelven a extender la desconfianza y el rechazo generalizado hacia los políticos. La corrupción ha estado presente en el gobierno saliente (José Blanco y el ‘caso Campeón’) y en el entrante (el gobierno de Matas y la trama ‘Gürtel’) y ha afectado a la Casa Real con la implicación de Iñaki Urdangarin en el caso Nóos. La corrupción debe ser denunciada y castigada. Es más, debería cortarse de raíz la sensación de que la corrupción es una práctica habitual entre los políticos. Sin embargo, algunos políticos corruptos no son condenados y, lo que es peor, queda latente la sospecha de que la corrupción va mucho más allá de estos casos.

Dicho brevemente, hemos puesto nombres y caras a algunos de los corruptos (condenados o no) en este país. Hablamos, en estos casos, de corrupción manifiesta. Nos falta hablar de una corrupción más profunda, la que el autor Lawrence Lessig denomina corrupción dependiente. Vayamos a lo concreto: empecemos por los trajes de Camps para llegar hasta el lugar donde nos dejó el 15-M.

Francisco Camps ha simbolizado como nadie la corrupción en España. El famoso caso de los trajes ha puesto al descubierto la poca elegancia de las conexiones entre los intereses económicos y políticos. La imagen de Camps escuchando, impasible, su conversación con ‘El Bigotes’ nos ofrece un retrato de lo que pasa dentro y fuera de la escena política. Mientras que nosotros nos convertimos en testigos mediáticos del intercambio verbal entre Camps y su ‘amiguito del alma’, Camps parece más otro testigo que un acusado. Camps es el hombre disociado: la imagen en silencio, por un lado, y la voz que habla sin ser vista, por otro. Camps se escucha como si él mismo, sentado en el banquillo, no fuera la misma persona que habla en las grabaciones.

Los votantes mostraron su apoyo a Camps en las elecciones valencianas de mayo en las que fue elegido, de nuevo, Presidente de la Generalitat. Camps no fue visto como un culpable sino como una víctima del acoso y derribo orquestado por la izquierda. Posteriormente, un tribunal popular lo declaró no culpable. Ni en el campo político ni en el jurídico las prácticas corruptas fueron condenadas.

El Bigotes, volviendo a su conversación con Camps, da, involuntariamente, con la clave cuando dice: “Ésa es la ventaja de estar todos los días delante de un micro: tu caudal de palabra, tu facilidad de palabra”. El poder reside no en la facilidad de palabra sino en el lugar desde el que las palabras son pronunciadas, esto es, delante de un micro. Camps al teléfono sigue usando el poder que le da estar en posesión de la palabra privilegiada. Aunque Camps no fue condenado, su figura ha pasado a personificar la corrupción manifiesta, que debe identificarse con las personas que abusan de su poder y anteponen los intereses privados a los públicos.

Con todo, existe una corrupción más grave, no atribuible a las conductas reprochables de determinados políticos. Lessig habla de corrupción manifiesta para referirse a los gobiernos que han dejado de actuar para alcanzar el bien de los ciudadanos y responden, en su lugar, a las imposiciones de los intereses económicos. Esto se traduce en una pérdida de la confianza por parte de los ciudadanos, que ven el hecho de votar como un sinsentido.

Hay que atribuir a los ciudadanos que ocuparon las plazas españolas en mayo el mérito de haberse dado cuenta de que hay una corrupción más profunda, subyacente a los escándalos que acaparan las portadas de los periódicos. El 15-M identificó el problema y supo formularlo de forma eficaz bajo un eslogan sencillo: “No nos representan”. Los intereses de los ciudadanos habían sido desplazados por los económicos. El rescate a los bancos había sido compatible con el hundimiento de la economía doméstica de los ciudadanos. El PSOE y el PP pasaron a ser percibidos como partidos intercambiables. Una vez perdida la confianza hacia los políticos, se depositaba toda la esperanza en una multitud haciendo crac, por tomar prestadas las palabras de Nacho Vegas.

El rechazo generalizado hacia los dos principales políticos se encontró con un gran inconveniente: el sistema político siguió funcionando según lo acostumbrado. Primero, en las elecciones municipales y autonómicas y luego en las elecciones generales. El PSOE fue reemplazado por el PP en el poder y se inició un nuevo período legislativo que nos permitirá comparar las semejanzas y diferencias entre ambos gobiernos
.
Probablemente, se produjo una confusión. El poder de la gente, presente en las calles, contrastaba con la falta de poder del gobierno, de un gobierno que había perdido su capacidad de maniobra desde el 2010. Pero la pérdida de poder del gobierno no es lo mismo que la pérdida del poder del sistema. El poder económico sigue definiendo una agenda ajena a los intereses de los ciudadanos, que se manifiesta mediante recortes sociales o una nueva reforma laboral. En otras palabras, la autonomía demostrada por la sociedad civil no fue acompañada por una autonomía equivalente del poder político.

El 15-M tiene que averiguar cómo enfrentarse a la corrupción dependiente, al modo en que el poder económico se impone sobre el político. La crítica a los partidos mayoritarios o la indignación provocada por los casos de corrupción manifiesta deberían ser enmarcadas dentro del objetivo más amplio de recuperar la política al servicio del bien común.

La tarea es compleja. La corrupción ha hecho un traje a medida de los intereses del mercado. Hasta ahora los ciudadanos son los que han pagado sus costes y los poderosos no han guardado ni las facturas.

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